EL PUTO HEAVY METAL (1ª parte).

Jugar por jugar.

Ocurrió en un tiempo de confinamiento impuesto en el que los dueños de los cuerpos encerrados entre cuatro paredes, cuando las condiciones hacían flaquear la entereza, acudían a las referencias, que en otras épocas de carestía habían servido como válvula de escape, para aplacar las necesidades y su urgencia. Era un tiempo de disociación, de burradas sin obra y ternura imaginada. Por ilusión, las mentes mejor cuando divagaban.

En una de éstas, justo cuando tratábamos de mantener ocupada la parte social del asunto de sobrevivir, conectados más allá del arte de escuchar, añadiendo al ardid la imagen pixelada del otro, nos asedió una oleada de intenciones (nos ocurre a menudo) que acabaría degenerando en un batiburrillo estrechamente vinculado con la música. Siempre ella.

Éramos 5 amigos confinados y repartidos entre Alfaro, Valencia, Zaragoza y Madrid, que trataban de poner en cuarentena a la cuarentena recetando medidas de videollamada en tiempos de Estados de Alarma para acabar llegando todos a la misma conclusión, o sea, a ninguna. Durante el ritual abríamos alguna cerveza, algún vino, y durante casi dos horas generábamos más caos al caos. Después venían las risas, claro, es lo que tiene la química generada entre la decepción y el alcohol.

Pero volvamos a la oleada y a su batiburrillo. Puesto que de la coctelera de una cabeza llena de pájaros sólo pueden salir ideas como alas, por eso y sólo por eso, el miembro fundador de este lugar, solaz para melómanos de cualquier género, tuvo la impulsiva iniciativa de proponer un juego (relacionado con la música, siempre ella), a sabiendas de las tendencias metaleras de la mayoría de los miembros de ese grupo salvaje que una vez a la semana, abusando de las telecomunicaciones, intentaba descontextualizar una pandemia.

El Punto de Partida: Resulta razonable asumir que es muy difícil conocer (musicalmente) todo de todos y no sólo por cuestión de tiempo. Bastante tiene uno ya con evitar caer en el conformismo que nos lleva a escuchar lo mismo de siempre, eso por no mencionar el terreno escarpado del prejuicio que con su gran pendiente no anima a la exploración y, por tanto, a la consecución de un descubrimiento. Disfrutones sin remedio, desde mycrosurcos intentamos no dejarnos amedrentar por nosotros mismos y, alentando al espíritu curioso que llevamos dentro, con la ayuda inestimable en este caso del efecto inspirador del vino, el día ya no me acuerdo de este confinamiento, decidimos desplegar aquellas alas y batirnos en juego.

La Propuesta: Nos podéis acusar de poperos y negroides. Incluso podéis echarnos en cara que entremos en trance cada vez que escuchamos un buen blues. Que sí, que sí, que tenemos nuestras preferencias y que ya sabéis lo que nos gusta un buen estribillo, a ser posible uno de ésos que consiguen que se nos despeguen los pies del suelo y ya no volvamos a aterrizar en tres minutos. Por eso esta vez, rodeados vía aplicación de semejantes rockeros de vieja escuela, parecía una locura apasionante el hecho de proponer a esos cuatro individuos, Jevis del Skype Bar, que nos hicieran algunas recomendaciones metaleras para unos no iniciados como nosotros. Abrir mentes, que digo, mejor, abrir oídos. Y jugar.

El Planteamiento: Parecía un buen punto de partida que, ya puestos, inmersos como estábamos en la oscuridad, cada uno de los cuatro próceres se currara un listado con 10 discos (ojo, no necesariamente fundamentales en la historia del Hard Rock o el Heavy Metal; o sí) que, para alguien no versado en el género, como es el caso, alumbraran el camino, aunque fuera el del averno. Luego, de común (des)acuerdo, tendrían que jibarizar las listas hasta conseguir una sola con 10 propuestas definitivas, definitorias.

Los Objetivos: Que fueran buenos discos, vaya, para epatar al mycrosurquero irresponsable de todo esto, teniendo en cuenta el sonido, las etiquetas, los significados, aquellos recuerdos. Y por encima de todo divertirnos, por supuesto. Así pues, tras varias escuchas concienzudas (al menos dos veces cada disco), los receptores de la espesura y el plomo, nos comprometíamos a dar un veredicto de los 10 tótems finalmente seleccionados, siempre desde nuestra posición adusta, exigente e impulsiva. Tan mycrosurcos como cabría esperar.  

Los Cuatro Próceres del Apocalipsis: Jóvenes puretas que hace muchos años ya presumían de ser viejos con acné, ataviados con despintadas camisetas negras en las que un grotesco Eddie, The Head (mascota de los Iron Maiden), se encargaba de ponerle la puntilla a la rebeldía acorde con los mandamientos de la adolescencia; y que a día de hoy no hacen otra cosa que debatirse entre la coherencia y el “¡a la mierda!” que tan malos resultados les ha dado. Tipos de una sola pieza que se derrumban a las primeras de cambio, sobre todo ante cualquier juerga. Amigos que cada vez se alejan más y cada vez están más cerca. Sabios con sueños, tontos encantados. Truhanes infatigables en la cresta de la cola. Discutones, peleones, cascarrabias con megáfono que vaticinan el desastre cada fin de año y aun así tiran pa’lante.

Pero basta ya de circunloquios, que para laberintos los suyos.

Anda y que se expresen, que se tiren al barro, que entren al juego y justifiquen a sus elegidos.

(Os dejo con los gurús de todo esto pinchando, más abajo, en los enlaces que te llevan a las siguientes páginas de esta entrada.)

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