Tributo a Luis Eduardo Aute: El tipo que precipitaba la vida con sus juegos de palabras.

En 1989 Luis Eduardo Aute publica “La Belleza”, un réquiem que hace responsable a todo quisque del desastre del sistema moderno. Una canción desesperada, más que un ajuste de cuentas, que sintetiza en cuatro minutos y medio la decepción de una generación, la suya, que tanto creyó en la utopía. Caída y caída de unos valores marxistas, no sólo los de Groucho. Una canción solemne y temperamental que desde la contienda, aprovecha las brumas sacras de una liturgia dolorosa e irónica para, en progresión, ir dejando un resquicio al final de las tres estrofas que contiene, para llegar, de par en par, a la máxima luiseduardiana de hacer reverdecer las cenizas: el amor (ella, siempre ella) puede con todo.

El joven pintor Luis Eduardo Aute.

Una extrañeza (“La Belleza“) que sonaba en la radio de la época como un alivio ante la pasividad. O al menos eso parece ahora, con la perspectiva de los años. Una canción con un millón de dudas y una certeza que, para el chaval de 15 años que era yo entonces, se adhería a ese sentimiento adolescente e inquieto de querer saber, resumido en tener ganas de todo.

Recuerdo a Rosa León cantando en la televisión “Las cuatro y diez”, “De alguna manera” y “Al Alba”, pero yo no era consciente todavía de que fueran canciones compuestas por Aute. La letra y la atmósfera de “Las cuatro y diez” alguna reminiscencia evocaba de las canciones de Serrat, hecho que me transportaba al pasado, a la agridulce juventud de mis padres. Canciones de congoja y nudo en el estómago, rebosantes de melancolía.

Jaime Chávarri, Luis Eduardo Aute, Rosa León, Massiel y Peret en 1974.

Al Alba”, sin embargo, era otra cosa. Parecía una canción de amor y resultaba ser una canción de muerte. El caso es que algo se intuía cuando escuchabas repetirse el estribillo con tanta tristeza, lúgubre, como una oración. Además, la bisoñez propia de aquellos años de pubertad hacía lo que podía para cubrir, con las referencia que por ahí ibas pillando, los huecos que se quedaban en blanco: Goya, los fusilamientos del 3 de mayo, los condenados a muerte de Franco… Eran los recursos del curioso, expectante ante los estímulos de unas letras lacerantes y emotivas.

Me preguntaba, ¿de dónde venía Aute? Tenía evidentes similitudes con Serrat, algunas con Javier Krahe (al que había descubierto embrujado bajo el misticismo de La mandrágora), lo cual me llevó a imaginarlo, como aquél, en un trasunto de Brassens. Con Bob Dylan, claro, pues el de Duluth parecía ser el origen inspirador de (casi) todos los músicos españoles de aquella época. Artistas que pasaron de ser escritores de canciones en los sesenta, a cantautores en el tardofranquismo y rockeros más o menos canallas en los ochenta. Su evolución terminaba por definir su personalidad (o viceversa), claudicando (algunos más, algunos menos) ante las radio-fórmulas o los videoclips que tanto determinaban la promoción y, por tanto, la popularidad y las ventas. 

Estaba también Leonard Cohen que, especialmente para Aute, era como un hermano. Según te adentrabas en el mundo de ambos, descubrías sus filias, su mundo de influencias y su lenguaje común. Esa asociación entre poesía, música y pintura que los llevaba, por la calle de la dulzura, a crear Frankensteins de sus delirios imaginativos. Discos como alas, vaya.

Maestros.

Cine, cine” y, sobre todo, “Una de dos”, que tanto nos llamaba la atención a mi hermana y a mí, se fueron haciendo un hueco en la memoria sentimental/musical de mi infancia, pero eran versos sueltos, libres, sencillos que sonaban en la radio o en actuaciones que veías de pasada en los conciertos retransmitidos o en los programas progres de la tele.

En febrero de 1986 Sabina graba dos veladas en el Teatro Salamanca que acaban transformándose en un doble disco en directo, en realidad un superventas, en el que se incluye la participación, entre otros, de Luis Eduardo Aute. Esta conexión con Aute, vía Sabina, acabaría resultando, a la postre, decisiva y, definitivamente más efectiva que la de Rosa León, puesto que Sabina comenzaba a despuntar, por descontado gracias a este nuevo álbum, como lenguaraz cantau-pop urbano apto para los 40 Principales, emisora estrella en el dial del radio despertador de mi habitación por entonces. La aportación de Aute al repertorio del doble LP en directo, “Pongamos que hablo de Joaquín”, cimentaba, en formato canción, la leyenda que empezaba a fraguarse alrededor del personaje Sabina, lo cual me llevó, aunque fuera por simple oportunismo, de momento, a prestarle mayor atención al universo del ubetense que al del manileño. De alguna manera, el directo “Sabina y Viceversa” era para Sabina lo que “Entre amigos” había sido para Aute pero tres años antes. Ambos, con sendos discos en vivo pretendían cerrar etapa, resumiendo su trayectoria hasta ese instante. Guardaron la chaqueta de pana y la cambiaron por una chupa de cuero. Si nos atenemos al contexto personal podemos decir que el “Entre Amigos” de Aute me había pillado haciendo la comunión con pantalones cortos mientras que el “Sabina y Viceversa” me pillaba in fraganti, con los dedos índice y corazón, a punto de presionar las teclas de record y play del doble pletina, dispuestos a grabar cualquier tema favorito que se pusiera en antena.

Y desde aquí hasta llegar a “La Belleza”, con la habitación repleta de cintas de cassette, haciendo escala, de nuevo gracias a Sabina, en el “Rap del optimista” de 1988, canción que cerraba su álbum más reciente, “El hombre del traje gris”. El “Rap” era un tema extraño, irónico, exagerado, como fuera de contexto, en el que Joaquín Sabina se dedicaba a enumerar, a modo de tributo pelín envidioso, un buen número de temazos que al jienense le hubiera gustado haber escrito. Ni que decir tiene que aquel epílogo sabinero incentivó, una vez más, al joven aprendiz de rastreador musical que llevaba dentro y me puse (sin internet, ojo) a averiguar de quién era cada composición, cada interpretación más conocida, de las allí enumeradas, descubriendo, claro, el “Mira que eres canalla” de Luis Eduardo Aute.

¿Y “La Belleza”? Ay, “La Belleza“, era otra cosa. Qué alucinante poder llegar a hacer algo así y qué suerte poder escucharlo. Era, es, summum y ya.

Y cómo justificar al animal AUTÉntico, AUTErrenal que asomó el año de las Olimpiadas, cuando me fui a vivir con mi padre. “Slowly” es la palabra, “Slowly” es la canción. Un tema de 1992, que me pilló empezando los años de Facultad. Un country hispano, sensual y vacilón en la mejor tradición luiseduardiana de relativizar el mal mundano y quedarse con las necesidades primarias. En fin, bailar un agarrao. Bestial.   

Imán de mujer”, de 1995, me invitó con su descaro contagioso a comprar y completar la discografía de Aute. Me inicié con “Alevosía”, gracias al imán y la mujer, después continué con “Segundos fuera” y “Cuerpo a cuerpo”. Caí en las redes de “Templo”, un disco tan fundamental, a reivindicar, que no soy digno de elogiar. Encontré “Albanta” y me hice con alguna edición en formato dos LP’s en un cd de los discos de finales de los sesenta, principios de los setenta. Luego vino “Aire” que es un dispendio, una orgía de ideas, melodías, imágenes, poesía, sensualidad, pura ráfaga, inhalación profunda que, además, contiene ese monumento tan increíble que se llama “Me va la vida en ello”.

En el 2000 salió un disco tributo, “¡Mira que eres canalla, Aute!”, en el que Sabina (otra vez él) le devolvía la dedicatoria que le había hecho 14 años antes en “Pongamos que hablo de Joaquín”. La música era la misma, remozada para la ocasión, mientras que la letra rebotaba del perfil de Sabina a la paleta de virtudes del homenajeado: “¿Quién es Abel, quién es Caín?“. Recuerdo que la sensación general, tras haber escuchado con cariño todas las versiones, dejaba clara una cosa: las composiciones eran tan vertiginosas y tan grandes que las versiones se quedaban rezagadas y a la sombra. Una provocación más para seguir buscando (entre) las canciones, (en) los discos de Aute.

Fueron años de encrucijadas varias hasta que un Giraluna dislocó las cosas en su sitio. Qué sueño, qué fantasía, era tan real que parecía una utopía. “Alas y balas” no es un álbum perfecto (en comparación con el de 2007, “A día de hoy“, que es el Everest, también por lo de llegar exhausto a su cumbre), pero contiene, como poco, seis temas superlativos (“Giraluna“, “La vida al pasar“, “Todo lo contrario“, “Más de lo mismo“, “Sinvivir“, “Ay, ay, ay“…), de esos que te atrapan hasta el punto de que, mientras duran, no puedes salir de ellos. Es un álbum, entre otras cosas, marcado por el magnífico y elegante trabajo de Gonzalo Lasheras y Antonio Sauco en los arreglos y la producción. “Alas y balas” y, especialmente, “A día de hoy” son dos discos en los que Aute se abraza a la quintaesencia de Aute para consuelo del tipo al que aspiraba a ser yo: un tipo normal y corriente que buscaba disfrutar de la belleza, a toda costa, si hacía falta incluso a través de las canciones. Canciones de Aute, para ser más exactos.

Epílogo en mitad de una cuarentena:

Luz contra Luz.

Es tan increíble este absurdo como lírica la sinrazón.

Son días para tirar de Aute, seguro.

Seguro.

Tic-Tac.

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