Los 30 mycrosurcos de 2019: (3ª parte y última). Álbumes del 10 al 1.

10. BILL CALLAHAN “Shepherd in a sheepskin vest”

La ironía es distancia, pero no solo eso. También es un mecanismo efectivo con el que alcanzar la honestidad del que canta/cuenta algo. Callahan trabaja sus canciones con un puntito de humor que tamiza la ferocidad del mensajero para que el receptor del mensaje no se sienta tan intimidado. Ya lo hacía así cuando iba de atormentado, imagínense ahora que va de hombre de casa. “Shepherd in a sheepskin vest” es prolijo tanto en poesía como en descripción, las melodías apenas permanecen escondidas detrás de una voz catedralicia o de una sucesión de notas minimalistas, algunas veces apenas esbozadas. Es un disco que te devuelve el doble del cariño especial que le has dedicado a la hora de esforzarte en escucharlo. 

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9. PETER PERRETT “Humanworld”

Continuación deseada de su anterior “How the west was won“, de 2017, “Humanworld” aprovecha la energía que explosionó desde Peter Perrett entonces para, en plenitud de facultades, dar cuenta del excedente de buenas canciones que le quedaban por sacar todavía. Como urgente y necesario cumplimiento del contrato (su particular pacto con el diablo), “Humanworld” valora la vida y todas sus contradicciones: es un mundo ingrávido, inquietante, sobre todo complicado, pero a la vez irónico y muy musical. Perrett como el mejor exponente de la resurrección y el oficio.  

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8. LEONARD COHEN “Thanks for the dance”

No es lo mismo un disco póstumo que un disco póstumo de Leonard Cohen. El fin justifica los miedos, aunque en este caso el resultado sea tan reconfortante que los espanta. Sean o no retales inconexos, la barbaridad de tener canciones nuevas y por consiguiente un álbum entero de Cohen ya revaloriza la apuesta: no andamos tan sobrados de oráculos. Leonard Cohen, perdonen que les diga, es alguien muy cercano con el que he crecido, que me ha aconsejado a través de sus canciones y con el que, incluso, he tenido experiencias que no viví ni creo que viva nunca. Sus discos, como ceremonia litúrgica, curan y dan consuelo; alimentan y calman la sed; son terrenales desde la fragilidad de un alma atormentada. “Thanks for the dance” es tan exiguo como divino, tan accesorio como balsámico, tan oscuro como elegante. Gracias por el regalo de Leonard, Adam. Gracias a los Cohen

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7. ENRICO FAZIO CRITICAL MASS “Wabi Sabi”

El concepto budista Wabi Sabi asume la imperfección y recreándose en ella trata de alcanzar la belleza. Leitmotiv del músico y profesor Enrico Fazio, el disco “Wabi Sabi” no disimula el riesgo de la improvisación para alcanzar la singularidad de la propuesta. Fazio y sus secuaces de la Critical Mass (un conjunto arrebatador formado por contrabajo, saxos, violines, batería, theremín, kora, trombón, teclados, clarinetes, djembe, flauta…) se meten en un jardín, o sea en un berenjenal, de 6 piezas alucinógenas donde prima la fórmula de la imaginación, el swing y la fantasía. De la inquietud y las ganas de proponer cosas se nutre cada instante de un álbum que se hace grande y bello cada vez que avanza, en cada nueva escucha. 

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6. ANGEL OLSEN “All mirrors”

Angel Olsen arranca (con “Lark“) muy bajito su tercer álbum buscando el contraste cuando entran la percusión, las cuerdas, la voz y los teclados. Es una treta que abre el camino de un disco anguloso, por momentos feroz en la indulgencia, que abre una brecha evolutiva compleja y honesta en la carrera de la norteamericana. Los arreglos no ayudan a pasar la bola emocional de una intensidad gótica y arrastrada. La voz de Olsen se esconde detrás de un muro de sintetizadores provocando una distancia espectral con la que no enfatizar (o sí) la tristeza. Épica y pastiche envalentonados contra la vulgaridad. Sesgo formal, crudeza vital. Depende de cómo te de la luz en la cara así se reflejarán tus facciones en todos y cada uno de los espejos en los que te mires. Al final, todos son iguales y todos son distintos. Los rostros, los espejos.     

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5. TYLER, THE CREATOR “Igor”

Descarado que Tyler Okonma, The Creator, ha pretendido con “Igor” reflejar el caleidoscopio sentimental por el que atraviesa sirviéndose de una pléyade de colaboradores con los que enfatizar aún más el caos de la relaciones. El disco como artefacto de pistas, sin canciones, un continuo que tampoco es una mixtape pero la sublima. La bacanal, a pesar del desbarajuste, pivota en torno a Tyler, digno Creador de atmósferas envueltas en esa brujería tan característica de los colectivos (en su caso Odd Future) de los cuáles surgieron los mitos de la música negra actual (segunda década del siglo XXI). Talentosos y valientes, la generación de Tyler no se avergüenza de meterle cierta belleza soul a la aspereza del rap más ilustrado. Identificado con los precursores, bondadosas deidades que hicieron que la música negra en los 70 explosionara delante del rock blanquito, Tyler tampoco se corta en utilizar la esquizofrenia como base de una terapia desesperada. Al final en “Are we still friends?” claudica ante lo evidente: de tanto darle vueltas a los sonidos uno acaba volviendo a sonar como al principio.

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4. THOSE PRETTY WRONGS “Zed for zulu”

Zed for Zulu” es simple y llanamente un disco precioso. Un trabajo que parece de otra época por lo poco pegado que está a la actualidad sónica imperante. Luther Russell y Jody Stephens (batería de los legendarios Big Star) han conseguido un cálido álbum con canciones añejas y reconocibles que nos transportan a lugares de ensoñación, esos lugares a los que nos llevaban los discos que les robábamos a nuestros padres cuando éramos infantes. “Zed for Zulu” va más allá del placer y se somete al escrutinio del que honra a la música como fuente de vida. Porque los 36 minutos que dura el álbum son un chute de energía instantánea, caldo de cultivo de no dar crédito mientras lo estás escuchando: media sonrisa y cara de idiota. Lejos del embarazoso lugar común que supone la sucesión diaria de lanzamientos mediocres “Zed for Zulu” ha llegado para quedarse, romper la dinámica y quebrar la vulgaridad. Sin duda, como sugieren Russell y Stephens, es un buen tiempo para volar.    

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3. ANDREW BIRD “My finest work yet”

Andrew Bird se deja la piel en busca de una simbiosis inspiradora: la mitología y el arte unen sus excesos en busca del disco pluscuamperfecto que le devuelva al maestro el cetro que alguna vez, en cualquier sitio, se dejó olvidado. “La muerte de Marat” (de Jacques-Louis David) como metáfora precisamente de una resurrección. A Marat la muerte le pilló trabajando, a Andrew Bird parece que la vida le ha pillado afilando melodías, como en sus mejores momentos. Paul Butler, aportando también su voz, coproduce un trabajo incisivo de ingeniería que busca trocar la frialdad de las pistas por el latido, un pellizco en el corazón, de la música tocada en directo. Que fluyan los instrumentos, debieron pensar. “My finest work yet” es una cumbre en la que todo parece encajar perfectamente, nada sobra, nada falta: los dioses se han puesto esta vez de su lado. Esperemos que no dependa todo de dónde se ha dejado el cetro.  

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2. RAFAEL BERRIO “Niño futuro”

Rafael Berrio retuerce los textos para que sea una aventura adentrarse en ellos. La música parece que fuera por detrás, pero solo es una sensación al quedarse uno deslumbrado por la potencia de las palabras de Berrio. “Considerando” es una de las canciones más impresionantes que ha dado el rock español en los últimos años; “Niño futuro“, la canción, es una de las canciones más impresionantes que dará el rock español en los próximos años. Berrio es ángel y es exterminador, recita con un criterio inusitado sobre sus fracasos poniendo en tela de juicio cualquier certeza que le asalte, remite a un clasicismo trasnochado que huele a bohemia y sabe a lingotazo. Esta vez, en comparación con la malafollá de “Paradoja“, “Niño futuro“, el álbum, es música celestial que solo consigue transmitir el clamor del horror. Y es que la hostilidad engancha y se hace tan indispensable que parece que un tema como “Las tornas cambian” no lo hubiera escrito el donostiarra. Allá yo con mis prejuicios poperos, que ya sé venirme abajo solo.  

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1. NICK CAVE AND THE BAD SEEDS “Ghosteen”

Ghosteen” es la consciencia, al contrario que el anterior “Skeleton tree” que era la incertidumbre y el presagio. “Ghosteen” supone un renacer personal y extraño que desde la portada (hortera y equivocada) choca con la mercadotecnia que filtra la anarquía del artista. En este caso anarquía es querer curar las heridas partiendo de lo personal hasta alcanzar lo sobrehumano (como parece significar el kitsch de la portada). Es una obra densa de pérdida y decepción dividida en dos partes (Los niños y los padres) para no sucumbir en la asfixia dando un resquicio al resuello. Cave extrapola del dolor la náusea, asimilando el hecho de que la música tiene su propio mecanismo con el que consolidar el homenaje, con el que asimilar la aflicción. Los Bad Seeds aparecen pero no están; a Warren Ellis lo sentimos, se le supone; pero se queda Nick Cave solo en su cúpula, rodeado de sonidos pregrabados: instrumentos que circundan el limbo, voces que transitan como espíritus por canciones que son estadios del alma. Al final resulta que va a ser solo eso, cuestión de niños y padres. 

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