Los 30 mycrosurcos de 2018: 3ª parte y última-del 10 al 1.

10. COWBOY JUNKIES “All that reckoning”

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Serena inestabilidad la de los Cowboy Junkies, responsables de que su sonido además de reconocible siga tejiendo una maraña de sensaciones oscuras pero enriquecedoras. Monolíticos empedernidos, se afanan en construir un todo y así evitar los atajos para llegar hasta el corazón de las canciones. Magnéticos inaccesibles, suben ligeramente las persianas para que se cuele la luz del sol y ocurra el milagro. Destellos emocionales que, gracias al discreto encanto de la voz guía de Margo Timmins, atenúan la penumbra que, algunas veces, asola el mundo.      

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9. VILLAGERS “The art of pretending to swin”

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Las tres primeras canciones (podríamos incluir quizá la cuarta también) de “The art of pretending to swing” son puro delirio, de verdad. Después el tiempo se paraliza y el álbum entra en un periodo de lucidez calma que impresiona por la belleza de su resolución. A Conor O’Brien, mentor de la banda, la inspiración le ha pillado indagando entre los manuales de las consolas y ha conseguido un sonido bellísimo, resultado de la combinación perfecta entre su sonido melancólico-campestre de siempre y uno nuevo sintético-espartano. Un disco maravilloso maravillado. 

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8. RICHARD SWIFT “The Hex”

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Richard Swift es (fue) algo así como la quintaesencia del músico inquieto: rastreador de sonidos con vocación de sacarle partido a la más simple de las melodías. Un productor/creador que no se conforma con hacer las cosas simplemente bonitas, sino que quiere (y necesita) ir más allá. “The Hex” es el colmo de la creatividad de Swift, un precioso (preciso) muestrario de todas sus capas y sus querencias. Es, en definitiva, un disco antídoto contra esa enfermedad en la que a veces acaba por convertirse el olvido.

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7. EMMA LOUISE “Lilac everything”

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La gasa de una voz inesperada, tensa, retocada, sube el listón cuando las canciones encuentran la clave entre lo retro y lo electrónico. En esa búsqueda de la emoción la australiana Emma Louise, en colaboración con Tobias Jesso Jr., bucea por un blues anguloso que se hace indómito y cruel, indicado para veladas románticas de exquisita intensidad. Es un uff del gustito que provoca el escalofrío. 

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6. SALIM WASHINGTON “Dogon Revisited”

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Reivindicativo y con fuerte influencia africana, “Dogon revisited” le planta cara a la sutileza con un poderoso blues setentero (“To know Yahweh“), a veces, y otras con un hard bop misterioso, inquieto pero no tan opaco como cabría suponer. Un disco que improvisa arañando (la  viola de Melanie Dyer suena como si sangrara) entre los huecos que deja la imaginación tratando de que no perdamos las ganas de curiosear: mucho cuidado con la aventura en la que te metes al escuchar, por ejemplo, “Dogon, ad“. Estás avisado.  

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5. BC CAMPLIGHT “Deportation Blues”

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Deportation Blues” es un álbum extraño y fascinante. Un paradigma de la resurrección de un artista a punto de mimetizarse con su (desafortunado) reflejo en el espejo de la leyenda: el malditismo y sus consecuencias. Repleto de cambios inesperados de ritmo, falsetes a veces tristes, a veces bailongos y sintetizadores amenazantes, la fantasía de este blues desesperado es una de las propuestas más originales del año. Sin miedo al riesgo, dejando atrás el pudor, Brian Christinzio ajusta el traje confesional de su alter ego sacándole el máximo partido a las malas decisiones o, simplemente, a la mala racha.

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4. STUART A. STAPLES “Arrhythmia”

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Nada, esto es otra cosa. Un lugar en el que permanecer que tiene techo y da cobijo. La voz de Staples ayuda, eso está claro. “Arrhythmia” está compuesto de tres canciones alucinógenas con las que vagabundear por los sugerentes espacios sonoros y por la introspectiva habitual del británico. Hay una pieza más, la cuarta, una suite instrumental de media hora (respira, disfruta) destinada a arropar una serie de cuadros de la pintora Suzanne Osborne y que, a posteriori acabaría formando parte de la banda sonora de la película de Claire Denis, “Un bello sol interior“. ¿Así que la arritmia de Staples era esto?

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3. JANELLE MONÁE “Dirty Computer”

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Janelle Monáe invoca en cada nuevo álbum el espíritu juguetón de sus Maestros. Musas y númenes se dan cita en su olímpica bacanal cuyo argumentario musical es indestructible por más que pasen los álbumes. No solo es la música, también es la política. Y la ética y el baile. La vida es sexo, el sexo libertad, la libertad vida. Plenitud musical, inspiración rebelde, elegante sabiduría, capacidad de aprendizaje, caos, creación… Janelle es todo eso y mucho más: lo que le queda por entregar(nos). Ah, y lo mejor que le ha pasado a la música pop en los últimos años.  

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2. LOS HERMANOS CUBERO “Quique dibuja la tristeza”

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El dolor es la inspiración, el motor la tristeza. Un disco que se vive como se escucha, que se sufre como se siente. El folclore castellano se coloca a la altura del country americano (de raíz a raíz, de guitarra a guitarra) y extrae de la enfermedad toda su belleza. Es tan crudo que se agradece y tan humano que te hace sentir insignificante. Un álbum de naturaleza estratosférica que se revela mágico desde la extrema sinceridad. Canciones de cura y contraste: música para vivir, música para respirar.

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1. ELVIS COSTELLO AND THE IMPOSTERS “Look now”

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Look now” es un álbum de ensueño. Musicalmente en la cumbre de sus mejores discos aunque menos intrincado, Costello se explaya en la faceta de en-cantador de historias, tan imaginativo en las letras como inspirado en las melodías. De vuelta de la americana y el rock desatado, sin necesidad de justificar su aventura hiphopera con The Roots, esta vez se rodea de los Imposters para dejar constancia sonora (y de qué manera) del fabuloso engranaje y la compenetración, afianzado en los directos, entre sus componentes. Aunque, por encima de todo, “Look now” es una soberana manera de seguir embelleciendo el catálogo de un músico, ya de por sí, soberano. Escúchalo ahora, ya.

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