ELVIS COSTELLO & THE IMPOSTERS “Look now”: Canciones relato, música de fabula.

Elvis Costello & the Imposters, Look Now CR: Concord Records

Calificación: * * * * 1/2

Sello: Concord Records

Año: 2018

Corren tiempos extraños. La curiosidad y la inquietud son puestas en tela de juicio antes de poder madurar el objeto de la propuesta; mientras que no defraudar expectativas, hacer lo que se supone que los demás esperan de ti, puntúa como un extra en el ámbito de la coherencia. En la vida en general y en el arte en particular, deberían considerarse delito no complicarse uno la vida, comulgar con los dictados que inflaman lo convencional, formar parte del redil para resaltar de entre las sobras o tratar de quedarse siempre corto en lugar de probar la dinamita.

Con más de 40 años de carrera y prácticamente la misma cantidad de discos editados, el señor Elvis Costello ha intentado no dejarse tentar por el agradable calorcito que da la inercia y, en todo caso, procuraba mirar hacia atrás con ira cuando las cosas se ponían peliagudas y se encontraba en un callejón sin salida (después de su aventura de cámara con “The Juliet Letters” optó por una nostalgia de urgencia y guitarrazos en “Brutal youth“, por ejemplo). Es verdad que su evolución, telegrafiada por sus gustos negroides americanos, ya fueran blues o jazz, se mostraba en plena sintonía con su mala flema británica (después de reventar el mercado con esa portentosa trilogía de sus inicios: “My aim is true“, “This year’s model” y “Armed forces“), en ese bombazo que era “Get happy!!“, de alguna manera, el catalizador de una nueva vía que derribó otras fronteras, ajustando cuentas con el country (“Almost blue“) y el swing (“Trust“) que el británico necesitaba liberar de su interior. Allanado ya el camino por tanto, Costello no se cortó un pelo a la hora de sofisticar el sonido de sus canciones, cada vez más barrocas, atendiendo esta vez a su lado Beatle (con la ayuda del ingeniero y productor, recientemente fallecido, Geoff Emerick) en el álbum “Imperial Bedroom“. Corría el año 1982 y quedaban establecidas las coordenadas del nuevo Costello: ahora lo verdaderamente punky era ir tras la pista de una absoluta libertad.

De alguna manera la complejidad esquizoide del tándem formado por los álbumes “Spike“(1989) y “Mighty like a rose” (1991), subía la apuesta de “Imperial Bedroom” pero de manera caótica y desorganizada. Había que asimilar el lógico desgaste, el punto de fisión que a su vez daba vía libre a las nuevas osadías a las que el británico estaba dispuesto a enfrentarse. Creador infatigable, Costello, como no podía ser de otra manera, se iba a mantener inquieto e impulsivo en las décadas posteriores, ya fuera incitando al vaquero de salón para rastrear su debilidad country/folk, pasando una temporada en Nueva Orleans a la vera de Allen Toussaint o tratando de desentrañar las claves compositivas del Brill Building, zambulléndose el Gran Cancionero Americano: de George Gershwin a Carole King, con especial deleite en la alquimia generada alrededor de la composiciones de Burt Bacharach. A partir de “Momofuku” (de 2008 y firmado junto a The Imposters), la producción del británico se empezó a dosificar teniendo que aceptar unas razones cargadas de melancolía que aludían a la escasa repercusión del formato físico en un mercado mutante con tendencia a lo despiadado. Y es que todavía en aquellos tiempos, el vinilo no había terminado de resurgir de sus cenizas (y en esas estamos), cuando pasaría a convertirse además de en un hype, en la llama con la que iluminar una industria opaca, sin expectativas. Todo lo cual hacía más que justificables las razones de Costello.

Una vez que se permitió el gustazo hiphopero en 2013 con “Wise up ghost” y publicó su libro de memorias en 2015 (tan aventurero en las formas como cualquiera de sus propuestas musicales) volvieron las conjeturas. En directo nuestro hombre no daba muestras de querer claudicar, ni mucho menos, pero empezábamos a añorar un disco con material absolutamente costelliano. Pudimos sentirle este 2018 ligeramente afectado en el concierto que dio el verano pasado en el Real Jardín Botánico de la Complutense y solo unos días después fue cuando nos enteramos que andaba pachucho y que los médicos le aconsejaban parar.

Look now” es la mejor respuesta que se puede tener preparada para todos y cada uno de los conflictos a los que uno ha de enfrentarse. Es mirar hacia atrás (cada vez con menos ira) para salvar ciertos tesoros del olvido o del desván. Es una evolución (las letras, aunque no siempre, tienen menos recovecos de lo habitual) y a la vez la constatación de unas premisas inquebrantables. Es el reflejo de las inquietudes a través de las influencias. Y puesto que el amor a sus mentores es lo que hace más sabio al artista “Look now” es el homenaje que Costello se hace (nos hace) a través de las personas que admira: están Geoff Emerick, The Beatles, de alguna manera el espíritu del “Dusty in Memphis” y está Carole King, pero sobre todo está la esencia compositiva de Burt Bacharach, que participa en la escritura de tres piezas y aporta su dibujo sonoro al piano en dos de ellas. Aunque se puede decir que sin estar acreditado, está en todo el álbum. Es la perfecta asimilación de la mitología cuando, una vez que los Dioses y Héroes han devorado al artista lo expulsan al Universo de las grandes obras, aquellas que van más allá de las tendencias o del tiempo en el que fueron concebidas.

Es verdad que de la esencia del artista efervescente, aquel Costello que, en plan eléctrico, disparaba canciones de tres minutos a mansalva, al menos queda lo fundamental, el entusiasmo (Qué bendición). También es cierto que si partimos de la ley natural del creador (inquietud inherente, crecimiento inevitable) como generadora de ilusión y conflicto antes que como desgaste lógico pero impúdico, el lugar de Costello se llama ninguno y está en todos lados (Por eso lo amamos tanto). Y que si la falta de riesgo solo puede traer consigo aburrimiento merece la pena pensar que los discos son, además, estados de ánimo. Primero el del artista, después el de los que los escuchamos.

Acosados por la necesidad de pormenorizar tendríamos que empezar por destacar la cohesión del sonido como un muro de Spector para amortiguar el preciosismo de los arreglos (casi todos escritos por el propio Costello) e impulsar la desafección de la voz. Un acierto indescriptible que le da al disco su entidad (la virtud de la unidad no va a la contra del poder del conjunto), ya veremos si estratosférica con el paso del tiempo. Y si antes hablábamos de estados de ánimo habría que mencionar la huida de lo confesional en los textos. Obviando la transfiguración como vía de escape, no dando por sentado el silogismo, resulta muy interesante comprobar cómo se divierte el contador de historias, el demiurgo moldeando a sus pequeñas criaturas. Personajes atrapados casi siempre entre el peso de la duda y la nostalgia del pasado con su infelicidad latente en cada verso. Absolutos insatisfechos unos, desastrosas leyendas otros. Una vez más Costello hablando de Costello a través de sus personajes.

Desde aquí sugerimos, antes de empezar a destacar unas canciones por encima de las otras, que os dejéis llevar por el influjo del juego que propone Costello. Un juego de canciones que parecen desorientadas pero que después de unas cuantas escuchas (¿fomentáis la palabra dedicación?) se van colocando en un paraíso de música y fábula. Sería una pena que por no querer ver el sutil rock’n’roll ni la perfilada rebeldía no pudieseis disfrutar de un disco tan hermoso, de unas canciones (todavía) tan brutales.

Ahora ya podéis mirar. Mejor, escuchar.

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