Concierto de Kamasi Washington: La diferencia con armonía entra.

Madrid, 13 de mayo,

Sólo por abrir los oídos al jazz a una nueva generación Kamasi Washington ya merece el mayor de los respetos. Atravesando montañas, vía el rap y el hip hop, el californiano ha “normalizado” (6 canciones en 2 horas, mogollón de solos, improvisaciones, duelo de baterías…) la puesta en escena de los jazzmen en cualquier festival de música independiente que se precie, incluso en cualquier recinto: Dylan en el Auditorio Nacional, Kamasi en La Riviera. Así, a trompicones (a veces maravillosos), avanza el caos de la música en directo en España.

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Generalizo, sin temor a equivocarme, cuando digo que los asistentes de anoche (poco más de ochocientas personas según he podido leer en fuentes oficiales) estábamos con “ganas” de corroborar que todo lo que se está diciendo de Kamasi es cierto. Lo bueno. Lo malo. Sabíamos, después de no querer parar de diseccionar, investigar, degustar, la inmensidad de esa COSA llamada “The Epic“, de la capacidad de Kamasi Washington para consentir, una vez reunida una talentosa hornada de músicos inquietos (despiadados con los géneros, respetuosos con los maestros), como si de un colectivo se tratara, emancipada la creatividad, la fundación del paradigma del actual sonido negro americano. El que va de Thundercat a Kendrick Lamar, pasando por Cameron Graves o Flying Lotus. Ahora queríamos vivir y sentir, la capacidad de Kamasi por transmitir la inmensidad, la fuerza de ese “nuevo” sonido negro americano en directo.

Pero una cosa es el estudio de grabación, laboratorio donde Kamasi Washington, como maestro y supervisor, se pone a ventilar la imaginación expandiendo referencias y partituras, y otra es la tribuna, escenario para la representación de esa imaginación desbocada. La complejidad de las esencias (vanguardia y revolución: John Coltrane, Sun Ra, Miles Davis, Pharoah Sanders, Albert Ayler…) es que éstas pululan por ahí y no solo es el esfuerzo que hay que hacer para atraparlas, sino el de asumirlas para embellecerlas. Kamasi sintetiza el hecho de estar aquí y ahora, potenciando el valor de los pioneros sin por ello dejar de mirar a la música popular, priorizando, además, al grupo por encima de la individualidad, con permiso de esos instantes de placer onanista que son los solos, la inhalación del arte de la música jazz: hay que gozar para creer lo que hace Miles Mosley con el arco de su contrabajo. La belleza del maltrato.

Abre Kamasi Washington el concierto con una cumbre de su propia cosecha, “The Magnificent 7“, pero a continuación cede el protagonismo a las letras con voz de Patrice Quinn y a la melodía de Brandon Coleman, teclista de portentosa energía, en la sencilla, mágica y efectiva, “Black Man“. Generoso, Kamasi interactúa con la herencia genética, subiendo al escenario, en la tercera canción “Leroy and Lanisha“, a su padre, Rickey Washington, alternando el saxo y la flauta hasta el final de la noche. Y es que uno no deja de ser preso de su destino hasta que no quiera hacer nada para remediarlo.

Con respecto a la libertad de los formatos (el aquí y el ahora), “The truth” resulta modélica, artística e independiente. Sin un álbum al que circunscribirse, poseedora de su propia estructura pentagonal, se desgaja de los postulados de la Épica sin renunciar a la armonía de la diferencia, ensimismada en su propio latido, tendiendo puentes entre (des)fases y etapas. Queda en evidencia, eso sí, la virtud que tiene la imposibilidad del calco ante los postulados impresos de la grabación. En directo, los coros jubilosos, casi mágicos, del vinilo se recrean gracias a una fusión original y marciana entre las letanías zen de Patrice Quinn y las deformaciones robóticas vocales de Brandon Coleman. Extrañeza y delirio para el palpitante corazón de un espectador que desea dejarse sorprender. El que lo desee, claro. Que uno no se traiciona cuando puede, sino cuando quiere.

El combate entre los baterías (Tony Austin y Robert Miller) reivindica el papel fundamental del (buen) músico para formar una (buena) banda. Y Kamasi en medio de los dos como juez y parte.

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Los porrazos virgueros son la antesala de la presentación de dos temas nuevos (como parte de un nuevo álbum, de esa dicotomía, “Heaven and Earth“): “The Space Travelers Lullaby“, percutiendo sobre el viaje astral (recurrente e infantil) de la música de Kamasi; y la versión del tema central de la película de Bruce Lee, “Fists of fury” (“Furia Oriental”), percutiendo ad nauseam en nuestro cerebro a la salida del concierto, de camino para coger el metro, esperando en el andén, dentro del vagón, ya en casa, incluso justo antes de cerrar los ojos. Es la chulería de los oprimidos llevada a su máxima expresión: artes marciales, jazz y Black Power.

 

 

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