Concierto de Bob Dylan: Tristeza y respeto en el desastre.

Madrid, 27 de marzo,

El directo, porque está vivo, se desarrolla y se expande (o se contrae) delante de nosotros. Es lo que tiene. Por eso vamos (seguimos yendo) a los espectáculos: porque suceden cosas. La representación no es ajena a los estados de ánimo de los artistas, como tampoco lo es al recinto en que se celebra; a la energía que el público desprende o recibe, según el caso; o a la técnica (que a su vez amplifica y condiciona). Puede que la astrología deposite su polvo de estrellas en la balanza para que ésta se decante por el olvido o la gloria. Aunque hay matices: un horror no se olvida, si bien uno quisiera olvidarlo; por el contrario, la gloria es la excelencia, pero hasta poder presenciarla el espectador se va encontrando con directos muy dignos que se olvidan como si fueran sueños.

Anoche, en el Día Mundial del Teatro, Bob Dylan actuó en el segundo de los tres conciertos que el escritor de canciones vino a dar en el Auditorio Nacional de Madrid. En principio, un lujo (en todos los sentidos) por la predisposición del artista y por la ubicación del espectáculo. Pero sólo en principio.

Cualquier expresión artística, a no ser que uno exija y pague cierta exclusividad, no debería de ser un lujo. Frente al mercantilismo imperante, no nos queda otro remedio que tratar de salvar los restos de la gozosa anarquía, que la cultura lleva implícita, de este naufragio donde el ocio de centro comercial con su mercadotecnia es el rey.

Como seguidor, desde fuera, si piensas en un Bob Dylan predispuesto, ya es algo. Y ese, efectivamente, es nuestro problema, querido Bob, que de tanto generarlas, los que te adoramos (nos sobran los motivos), confundimos cualquier señal, por imbécil que ésta sea, con expectativas.

Lo del Auditorio Nacional es otra cosa. Otra cosa porque en mi debate interior, por un lado, resuenan todavía las voces que justificaban, en el mismo instante de aceptar las condiciones de pago de la aplicación para sacar las entradas, que el recinto elegido, obviamente, era el más adecuado para que la música sonara de maravilla. Por otro lado, acosado anoche por el mal sabor de boca y esta mañana por la frialdad que dejan, nada más levantarte, las pesadillas, parecía razonable pensar (cómo no fui capaz de verlo antes) que un espacio diseñado (y dedicado) especialmente para la música clásica no fuera el más adecuado para la música rock electrificada: ya, desde los primeros compases, en el premeditado caos de afinación de la banda, que en un alarde de floritura buscaba recomponerse en la entrada del tema correspondiente (“Things have changed“), la música sonó estridente y saturada (¿Y la batería? Ay, la batería).

Y ya no mejoró mucho la cosa y la técnica estuvo dando toda la noche la chicharra. Lo peor es que uno hacía tal esfuerzo por meterse en las canciones que todo, hasta el espejismo de excelencia que parecía transmitir “Honest with me“, resultaba agotador y forzado. Los títulos, las letras, las canciones, anoche todo parecían señales encaminadas al desastre.

Y entonces llegó “Thunder on the mountain” y todo se vino abajo.

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Podríamos haberle echado la culpa a tantos que, al final, uno no sabe a quién culpar: sin fotos, sin sombrero. Podríamos haber sido irrespetuosos, como de hecho buena parte del público presente en el concierto de anoche NO lo fue cuando se produjo el parón de más de 10 minutos. Podríamos haber imaginado un Dylan generoso aceptando que las cosas ocurren, parando el tema cuando su micro fallaba para volver a comenzarlo, no escatimando canciones (o igual aquel desaguisado explotaba). Podríamos haber deseado que alguien de la organización del evento o del Auditorio (yo que sé) hubiera informado al respetable (enmudecido, decepcionado) de lo que estaba ocurriendo, en el mismo instante del trueno: no hacía falta ni salir al escenario, la misma voz que amenazaba al principio con echarnos de la sala si utilizábamos el móvil podía habernos tenido en consideración. Podríamos habernos engañado fingiendo haber visto un conciertazo o no haber escrito nunca esta reseña. Pero también podríamos habernos quedado en casa y haberlo justificado con un “para qué, si el tipo está acabado“. Pero no lo hicimos, Bob.

Y no lo hicimos porque (al final) merece la pena verte, parapetado de pie detrás del piano, aporreando las teclas al borde del desequilibrio; caminando en la oscuridad (resaltan tus botas blancas), con la inquietante sensación de que en cualquier momento te vas a largar. O verte, con esa pose más infantil que chulesca (creo que te vi sonreír), alcanzar el centro del escenario para, con un micrófono en la mano, simular que eres Sinatra o Tony Bennett. Como merece la pena escuchar (anoche fue un decir) esa voz de la canalla, tan personal y estridente que no necesita de aderezos superfluos, trayendo a la memoria viejos recuerdos de Radio 80 Serie Oro (del tipo “Hurricane” o “Man gave names to all the animals“). Balbuceando palabras mágicas que aleatoriamente reconozco después de haberlas subrayado, casi interiorizado durante tantos años, en los alucinantes libros bilingües de la Editorial Fundamentos y que, según la etapa de la vida en la que te encuentres, pueden significar una cosa y la contraria. Razones como puños frente al descalabro como espada (de Damocles). Cosas del directo.

Que no digo yo que no vuelva a recaer la próxima vez que vengas, aunque me va a costar una montaña superarlo. Seguro.

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