Concierto de Natalia Lafourcade: Concierto lleno, concierto vacío.

Madrid, 16 de febrero,

La paradoja es que el eco de tu propia voz, en un local prácticamente vacío, tenga su reverso profético pasados siete años, por ejemplo, en el eco de los fanáticos ahogando en los estribillos la voz de la cantante (es tan bonita…), en un local, esta vez con las entradas agotadas. El continuo movimiento y su dulce reivindicación hippy, venganza poética mediante, hicieron de los requiebros vocales, la noche pasada, la mejor artimaña de la Lafourcade para sortear la decepción de ir a un concierto como el que va a un karaoke. Esta es la ironía.

Las cosas cambian, no sólo es cuestión de público o de ecos. El pop juguetón (casi

sdr

británico) y personal (menos ingenuo de lo que aparentaba) de Natalia al principio (“En el 2000“), sin anticipar futuras necesidades, ya evocaba los motivos personales de sus historias. Sofisticación y elegancia posteriores que en un alarde de vanguardia dieron como resultado el álbum “Hu hu hu“. El asalto de la plenitud musical que auguraba, esta vez sí, una etapa de escarbar en las raíces y alentar el homenaje, quiso que el álbum con canciones de Agustín Lara (“Mujer divina“) fuera el detonante de un álbum supremo, íntimo, triste y desgarrado (“Hasta la raíz“) que la situaría en la encrucijada. Entre lamerse las heridas o merodear el Olimpo del folclore latinoamericano, no solo en las versiones sino también en los temas propios, se encuentra el asalto y la proeza de la Natalia que vino a presentar en Madrid esta conjura de musas.

Brillante en la ejecución vocal, alardeó con elegancia de destreza a la guitarra y los teclados. Capitaneó un repertorio de ensueño en el que el fervor luminoso de “Lo que construimos” se olvidaba de inmediato al dejarnos a merced del suave destello de la balada de Frank Domínguez, “Tú me acostumbraste“. Repasó con respeto el dolor y la cura que germina en las letras y las melodías de las canciones de “Hasta la raíz” (cantó siete de las incluidas en el álbum); y supo encandilarnos con la conexión espiritual, vía materna, que va de “Palomas blancas” a “Amor de mis amores” (de nuevo Agustín Lara). Esa es la esencia de Natalia Lafourcade, lo que más nos gusta de ella: saber aglutinar el coraje y la admiración, huyendo de la monotonía, para apropiarse de composiciones ajenas, supuestamente inmejorables, intocables… casi nada.

Ella es bonita“, con un groove espectacular que en la original no termina de explotar, fue el primer colofón de la noche. Con ella, estirando el funk en la presentación de la banda, se dio un respiro para aparecer de nuevo en el escenario, sola, a la guitarra y terminar de colorear la reverencia latina: “Mexicana hermosa“, “Cucurrucucú paloma“, “Tus ojitos“, “Mi tierra veracruzana“, “Danza de gardenias“… y, desde el espacio, esa algarabía con pirueta y doble tirabuzón titulada “Tú sí sabes quererme“.

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Expectantes e ilusionados, después del tránsito que parece justificar “Musas“, ante un futuro con canciones nuevas de Lafourcade, solo nos queda desear que ante un concierto completamente lleno como el de anoche no pasen siete años: Café con pan, café con pan…

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