Los 30 mycrosurcos de 2017: 2ª parte-Álbumes del 20 al 11.

20. MAX RICTHER “Three worlds: Music from Woolf works”

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Una debilidad. Max Richter da vueltas sobre sí mismo, exprime una buena idea hasta la saciedad y, a pesar de ello, evoca lugares magnéticos transitados como si fuera la primera vez como nadie. Esta vez son dos excusas: musicar un ballet y sintetizar en tres piezas tres obras de la escritora Virginia Woolf. En el fondo la autonomía de los tres libros le proporciona la narrativa necesaria para pasar de lo clásico (Mrs Dalloway) a lo electrónico (Orlando) y lo sensorial (The waves). Nuestra debilidad.

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19. CHRIS STAPLETON “From a room: volume 1 & 2”

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Grabados en Nashville con la impecable producción de Dave Cobb, los dos volúmenes de “From a room” resumen la impecable trayectoria de este compositor de canciones infalibles, sencillas y muy pegadas al country blues americano. Son dos discos sencillos, cortos, fáciles de escuchar, descarnados y espectaculares a su manera. Independientes en tanto en cuanto salieron con siete meses de diferencia, ambos se complementan y suponen una fabulosa colección de canciones. Tan fácil y tan difícil.

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18. ST. VINCENT “Masseduction”

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Más que a Bowie, Annie Clark (St. Vincent) se parece a Prince: inquieta y funky. “Masseduction” es una locomotora que no frena hasta el tema 6 (el bellísimo “Happy birthday, Johnny“). De producción impecable y algo saturada, la fiereza insospechada de la estadounidense intenta entroncar lo cotidiano con lo futurista. Decepción y autocrítica en uno de los álbumes, sin ser absolutamente redondo, más interesantes del año.

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17. CAMERON GRAVES “Planetary Prince”

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El pianista Cameron Graves debuta en solitario con un derroche desequilibrado y placentero, en la estela de “The Epic” de Kamasi Washington (que también está en el disco junto al bajista Thundercat). La energía de la banda arrasa con todo (el baterista Ronald Bruner Jr. está especialmente desatado), apenas un hueco (entre un tema y otro) para coger aire. De todo además de jazz: funk, pop, rock y latina. Extrasensorial. Interplanetario.

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16. JORGE DREXLER “Salvavidas de hielo”

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Cada disco nuevo de Drexler busca el reto de la aventura e intenta la translación generosa de los fundamentos vitales a los musicales. Esta vez el reto es la guitarra y todo lo que de ella se puede extraer. Tocar, rasgar, golpear. Es un reto que puede parecer austero (sin menoscabo de la guitarra) pero que en las quiméricas manos de Carles “Campi” Campón (productor) y del propio Drexler se convierte en esparcimiento brutal. No sólo es la sonoridad, también es la riqueza.

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15. SOMI “Petite Afrique”

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Petite Afrique” es un disco “documental” en el que Somi, apoyándose en sus propias experiencias, refleja en primera persona la odisea de los emigrantes africanos en Nueva York (la versión del tema de Sting bien vale este disco). Son los recelos, la hostilidad de la grandes urbes que se traga a sus ciudadanos, los temas principales de un álbum que mete caña de forma exquisita (una voz, triste, dulce y contundente; unos arreglos que recogen la algarabía, ora de los ritmos latinos, ora de los africanos) a nuestro actual ritmo/nivel de vida.

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14. FOXYGEN “Hang”

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Más libres y extravagantes que nunca, Foxygen (Sam France y Jonathan Rado) se lo han pasado divinamente convirtiendo sus ideas, empanada musical, en un disco muy elaborado, brillántemente producido y arreglado (responsabilidad de Trey Pollard y Matthew E. White) que de inofensivo se convierte en una divertidísima opereta de andar por casa.

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13. RYUICHI SAKAMOTO “async”

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Async” se constituye en torno a la esencia experimental y humana, fundamental en toda la obra de este gran músico japonés. En “Andata” se empeña Sakamoto en tamizar, con una brumosa capa de ruido, la hermosa melodía de piano (órgano solemne a medida que avanza la tristeza), arrancando así un álbum de dolor y armonía. Piezas de ciencia ficción y convalecencia. Tarkovsky como piedra angular: Dolor y naturaleza.

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12. KING KRULE “The Ooz”

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La extrañeza de la primera escucha se convierte en tentación. “The Ooz” puede parecer música para un cabaré infestado de monstruos. Lo peor es la identificación del oyente, atrapado en una madeja de voces desaforadas y guitarras perezosas. No es para bailar, no es para cantar, es para degustar de madrugada imaginando vampiros en el salón. Parásito, paraíso.

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11. WATERMELON SLIM “Golden boy”

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Watermelon Slim (Bill Homans en realidad) es un bluesman forjado en la autenticidad de una vida dando tumbos, buscando el humanismo en el sonido del Delta, la crudeza en la inspiración (Mississippi Fred McDowell, Blind Willie Johnson, John Lee Hooker, Pete Seeger), los surcos al margen de las apariencias y en los tumultos de la biografía la lírica del blues rock. Inagotable sensación de pureza.

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