Concierto de Van Morrison: Lo impresionante, lo eterno, lo esperado.

Madrid, 12 de diciembre,

El gesto de la esfinge, el icono de la belleza, el tótem tallado en frío, vestido con traje de tipo peligroso y sombrero de alguien respetable. Todo eso y, por supuesto, tener que ser Van Morrison todo el rato.

Quiso el azar que anoche en Madrid Van Morrison terminara gira europea lo cual, lejos de suponer grandes fastos, trajo consigo reverencias, la fantasía de poder disfrutar de un antiguo socio de tropelías, Georgie Fame, músico excelso y dedicado (a su Hammond) que abrió la velada (en formato trío familiar, con sus hijos a la batería y a la guitarra) con el “Green Onions” de Booker T., sin poder dejar de reverenciar, él a su vez, la música de Ray Charles, de Jimi Hendrix o de Mose Allison durante su actuación. El británico se dio el gustazo, además, de interpretar su viejo número 1, el “Yeh, Yeh“, presentándolo con dignidad como una revisitación del tema que grabara Mongo Santamaría en 1963, un año antes que él. Toda una declaración de amor.

Y entonces Paul Moran convocó a Van Morrison al escenario.

Lo habitual: El lugar elegido para celebrar la comunión de anoche (sin dar nombres, que está muy feo) no fue, desde luego, el más adecuado para que ese calor intenso del deseo (y las ganas), que todos los que amamos al de Belfast llevamos dentro, se confirmara como peligroso por altamente inflamable y se propagara por una sala excesiva y distante (ni de pie, ni fotos, ni un agarrao). Extintor de sueños.

Lo obvio: Van es el Hombre, y qué Hombre. Tiene la Magia, tiene el Don. Nació tocado por los Dioses del Cielo en la Tierra, capaces de dotar de súper poderes divinos a lo mundano, entre ellos, la delicia. Hasta las piedras reconocen el arte de su rugido. Sopla el saxo y la armónica cabreado, rasguea la guitarra como si estuviera ensayando y pulsa las teclas del piano encogido de hombros, inquieto, aporreando, para al final sacarle a todo la belleza. Su voz es su filigrana. Cede el testigo a los solos de los miembros de su banda y retrocede unos pasos, mientras en un segundo plano parece amenazante incluso cuando coge un vaso para beber agua. En este caso lo obvio es la fidelidad a su leyenda.

Lo injusto: Ni un hola, ni un adiós. Algún gracias musitado. De presentar a la Banda ni hablamos. Los artesanos que le hacen la cobertura son milimétricos (una palabra que lo mismo sirve para denostar que para resaltar el trabajo) y necesarios: Paul Moran (teclados y vientos), Paul Moore (bajo), Dave Keary (guitarras), Mez Clough (batería), Teena Morcombe (percusión) y Dana Masters (coros). La coda del concierto, en ausencia de Van, es de ellos.

Lo justo: Puede que tengan razón los que critican el carácter elitista de la cosa esta de ver a las Vacas Sagradas como artículos de lujo en los últimos tiempos. Puede que nos estemos pasando en esto de confundir admiración con servidumbre, la música popular no debería de ser esto, pero si hiciéramos un Olimpo y seleccionáramos a sus deidades… No es cuestión de quién lo merece y de quién no, no puede ser cuestión de clases, pero si hiciéramos un Olimpo y seleccionáramos a sus deidades…

Lo impresionante: El repertorio, hermanos, el repertorio. Anoche, al menos en mi caso, cada vez que el tipo se enfrentaba a sus temas, más que a las versiones, no podía caber más en mí de gozo. Testigos, todos tuvimos alguna que era nuestra favorita y que anoche el tipo tocó bordándola. “Moondance“, “Have I told you lately“, “Brown eyed girl“, “Vanlose stairway“, “Days like this” o, en lo tocante a mi fetichismo, “The way young lovers do“. Se lo podré contar a mis queridos sobrinos, hermanos.

Lo eterno: La puntualidad. Los recitados desapasionados. Las gafas oscuras. El virtuosismo. El truco de tocar bajito. Las comparaciones con otros conciertos, con otras etapas. “In the garden“. Las prisas.

Lo inesperado/esperado: Hombre, si Georgie Fame iba a ser el telonero cabía esperar que el virtuoso del órgano saliera a hacerse algún tema con su ex jefazo. Menos mal que la suposición se hizo carne en “Goin’ to Chicago” y “Roll with the punches“. Un regalazo.

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A uno le sigue costando lo mismo levantarse temprano a la mañana siguiente, después del concierto, aunque todo parece mejorar en el desayuno cuando, en el primer sorbo de café, tratando de atrapar el momento mágico de la noche, suena ex profeso “Baby, please don’t go” en una parcela chiquita, pero muy importante del recuerdo. ¿Que para qué lo quiero? Pues para conservarlo, sólo para eso.

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