Concierto de Cass McCombs: Canciones. Distancia.

Madrid, 2 de febrero,

No depende la buena música de la franqueza, pero si de ella dependiera McCombs sería uno de sus embajadores. Veamos, cuando hablamos de franqueza, quisiéramos decir sinceridad aunque, teniendo en cuenta el barniz de la libérrima actitud del californiano a lo largo de su carrera, podríamos conjeturar que no solo eso, sino también la sencillez, la independencia, la soledad, jalonan su concepto artístico, más allá de las composiciones. Cargada de coherencia, inaudita, sorprendente, casi estoica, resulta entonces la actitud de McCombs ante un público entregado a la simplicidad de una puesta en escena invisible que lo fundamenta todo en las canciones y en la perfecta compenetración del cuarteto (escasez de instrumentos, el mágico y compacto sonido de una sola guitarra durante toda la velada.)

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Canciones.

¿Acaso no es intrigante escuchar como el poderío de la media voz McCombsiana de la primera estrofa de “County line“, de 2011, se mantiene intacto y funde sus raíces folk americanas entre la balada y el soul moderno? Witchi-Tai-To. Excelencia de un paladar que asola aún más cuando el recurso del falsete se hace trinchera con los destellos de un rock elástico y progresivo (“Medusa’s Outhouse“) o el pop melancólico de fin de curso se hace canción indie de referencia (“Brighter!” o “Dreams-come-true-girl“).

Optó McCombs por empezar el concierto con la dulce beligerancia de “Bum bum bum” y la soleada inclemencia del derrumbe conyugal de “Opposite house“. Sin tiempo para dar una explicación a esa lluvia interior que todo lo puede, la apisonadora percutiva de “Big Wheel” hizo otro tipo de arrase, dejando bien claro el nivel de la Banda: arropando la timidez de su líder con un preciso manto de eficacia y fraternidad: McCombs ni siquiera se pone delante, en el borde del escenario, ni en el centro exacto, se coloca ligeramente hacia su izquierda, como queriendo no darle la espalda al batería.

Distancia.

Es cierto que a veces de la timidez surge el frío y que, cuando este se instala, cuesta mover img_20170202_234605las articulaciones. Anoche no ardieron los solos y hubo un ritual precioso con tendencia al desapego en la misma medida que los conatos de piropos y oh, yeahs por parte de la audiencia. Había que hacer un esfuerzo por no ceder ante la distancia en un teatro tan pequeño y en esto que andábamos nosotros sentados (“Run sister run” es una cumbia para no bailar, Cass.) Yo creo que los luminosos publicitarios laterales (y el omnipotente central también) que enfocaban al público tampoco ayudaron, más bien rompieron la magia de la oscuridad en el patio de butacas: ese deleite personal e indescriptible de poder mirar sin ser visto, clave y virtud del espectáculo en vivo.

Salió a bisear McCombs, pasadas las doce de la noche, con la seguridad del músico que, a pesar de su distancia y de nuestro maltrecho trapecio (llámenlo cervicales o la espalda), va a tejer por última vez una red con forma de canción (bien hecha) para que la despedida final fuera mucho más suave. “I’m a shoe” fue la plegaria del agnóstico antes de rebotar en la caída.

¡Qué frío tan bonito, por dios!

 

 

 

 

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