Los 30 mycrosurcos de 2016: 2ª PARTE, una banda sonora de 365 días (álbumes del 20 al 11).

20. JAMES BLAKE “The colour in anything”

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          James Blake construye discos como paisajes o estados de ánimo. De hecho, éste surge a raíz de una ruptura, lo cual, ya podéis imaginar, resulta fundamental para potenciar la desolación y la frialdad de las texturas sónicas (vocales) de James Blake. “The colour in anything” apareció por sorpresa a principios de mayo para acallar los rumores de lo difícil que le estaba resultando al británico editar su tercer álbum. Tímido, inseguro, exigente, decepcionado… todo un abanico de opciones que (sean ciertas o no) quedan plasmadas en las letras, en los arreglos, en la subyugante fantasmagoría en bucle. Electrónicas e incisivas repeticiones que generan un desasosiego romántico y revelador. Ardor en las tinieblas.

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19. MARTHA HIGH “Singing for the good times”

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          Martha High es una reina que acompañó (y soportó) durante más de 30 años al dios James Brown. Bendita sea, por otro lado, esta justa resurrección de aquellos vocalistas, coristas de los Gigantes del soul, que gracias a la cabezonería de pequeños grandes sellos (Daptone, Truth&Soul y, en este caso, el italiano Blind Faith) consiguen abandonar el segundo plano para liderar con sabiduría un repertorio excitante (casi una regla) magistralmente producido. “Singing for the good times” no es un disco para mirar atrás, sobre todo porque es tan bueno y pasa tan rápido que no da tiempo a invocar al pasado. 11 fogosas piezas de soul de manual que se saborean, se bailan, se sienten. Sharon Jones (que en soul descanse), Lee Fields, Charles Bradley… y ahora Martha High!

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18. EMITT RHODES “Rainbow ends”

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          ¿Quién espera un disco de un tipo que lleva prácticamente retirado de la música más de 40 años? Pues nadie, suponemos, aunque podríamos rebatir esa lacónica respuesta con el implacable argumento de los hechos probados: “Rainbow ends“. Emitt Rhodes retoma su portentosa manera de componer (la de la mejor tradición americana) justo después de la última lágrima que se hubo, alguna vez, enjugado. Tristísima y elegante elipsis que no acusa el anacronismo más que para resaltar la pátina de unas melodías soberbias que se hermanan en la modestia y la emoción. Con una dulce y equilibrada producción a cargo de Chris Price y una bellísima portada (ahí ya está todo dicho), “Rainbow ends” no sólo es fetiche, sino también una herramienta para encontrar refugio y placer.

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17. CORINNE BAILEY RAE “The heart speaks in whispers”

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          La delicia del año. Una sorpresa primero, pura debilidad después, por parte de una mujer a la que siempre habíamos minusvalorado por su tendencia a la balada, pensábamos que en exceso melosa. De hecho, justo es reconocer que, a día de hoy, seríamos un poco menos felices si no hubiéramos conocido nunca esa joya que es “Hey, I won’t break your heart“, la balada (melosa o no, qué más da) del año. En “The heart speaks in whispers” cuanto más se acerca Corinne a Stevie Wonder, más cerca está de la esencia (y la excelencia) de su propio sonido. Texturas negras y certeros toques jazz al pop. Demasiado largo quizás, pero con una producción límpida, comercial y maravillosa.

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16. DAMIEN JURADO “Visions of us on the land”

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          Otro álbum temático, en este caso, la culminación (o eso parece) de una historia de búsqueda y redención. Ir hacia ningún sitio con la intención de poder escapar y ya de paso, hacer callo al dejarse llevar. Es un disco denso y detallista (a la manera sucia y elegante de Damien y su productor Richard Swift) con acordes que citan acordes de canciones de las dos primeras entregas, “Maraqopa” (2012) y “Brothers and sisters of the eternal son” (2014). Hay una emocionante sensación de estado de gracia que lo mismo se reafirma en las canciones apocalípticas que en las baladas campestres. Y aunque la portada despista (o no), por momentos está presente también el fantasma de Nick Drake.

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15. JIMBO MATHUS “Band of storms”

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          Pura diversión rock/blues. ¡Una explosión de talento y pasión sin prejuicios en 23 minutos! De las entrañas sale la voz, del Delta del Mississippi una música increíble. Y es que es un álbum tan magistral que da hasta vergüenza reseñarlo. Podríamos estar escuchando “Keep it together” en bucle toda la vida. ¡Y qué portada! Fascinante. Por cosas como esta merece la pena amar tanto la música.

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14. ANDY SHAUF “The party”

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          “The party” disecciona el microcosmos formado por los asistentes a “La Fiesta” a la que alude el título. Un extraño parque temático que se centra, sobre todo, en los momentos más tristes y patéticos del evento. Borracheras, sinceridades, recelos y congojas cantadas (contadas) a media voz, con mucho estilo por el aparentemente frágil cantante canadiense Andy Shauf. No es rock, no es folk, no es electrónica… es un gran y conciso álbum lleno de historias y canciones bonitas.

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13. SOLANGE “A seat at the table”

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          Solange va y saca este año (el mismo año que su hermana Beyoncé lanza su supuesta consagración con la crítica musical más exigente, “Lemonade“) un ambicioso álbum de reivindicación (la cultura afroamericana enarbolando la bandera de la revolución, como si hubiera presentido la llegada a la presidencia de su país de un intransigente troglodita) e independencia (consolidando una carrera a fuego lento, lejos de la poderosa influencia Destiny’s-Knowles). Ni clásico ni vanguardista, una preciosa loa a la paciencia y al trabajo bien hecho, bajo nuestro punto de vista, unos cuantos peldaños más excitante que la propuesta de su hermana mayor.

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12. JÓHANN JÓHANNSSON “Orphée”

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          El islandés Jóhann Jóhannsson, liberado del encargo de la banda sonora como formato, lanzó este 2016 un álbum delicioso e independiente, inspirado en el mito de Orfeo según Ovidio, según Cocteau, con el que imaginar, con los ojos cerrados, las imágenes de una película que jamás será rodada. Es un pacto del sonido (opresivo y emocionante) con el caos (el título de la cuarta pista del álbum). Una melancólica floritura que invita a empaparse del influjo de los mitos. Un limbo donde los sutiles recursos electrónicos le dan coherencia cardiaca al misticismo de la razón. Recuerdos, renacimiento, virtuosismo de la belleza… una preciosidad.

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11. XENIA RUBINOS “Black Terry Cat”

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          Un terremoto. La pudimos ver en directo en la sala Moby Dick de Madrid y todavía estamos tratando de recuperar el miligramo de cordura que teníamos antes de entrar al concierto y disfrutarla. Fogosa y cercana, su espectáculo, una desopilante bacanal de influencias dirigidas a dejarnos el mentón desencajado, tritura el rosario de expectativas para sorpresa de los que ya nunca nos llevamos sorpresas. “Black Terry Cat” asimila el batiburrillo (el hip hop y el funk conviviendo con un poso electrónico matizado con detalles: guitarrazos, jazz y sensualidad), y consigue crear un repertorio fascinado y fascinante con la portentosa fórmula de la imaginación y la fiereza. Sublime homenaje a la cultura latina exiliada. Sublime homenaje a la cultura latina. Sublime homenaje a la cultura. Sublime homenaje. Sublime. “Toma chocolate, paga lo que debes

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