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Concierto de Gregory Porter: ¿y todas esas caras de felicidad?

Madrid, 26 de Noviembre,

Las notas, inquietas dentro del papel pautado, crecen y alcanzan su plenitud cuando, por fin, consiguen dejar su habitación, que es el pentagrama, para conocer el mundo infinito de los sonidos. Nosotros, receptores de sus andanzas, nos amoldamos a sus inesperados requiebros, ondas sónicas que pululan por el aire como mariposas invisibles en busca no de un oído, sino de un corazón.

Cuando el corazón es un cazador solitario las notas avasallan a discreción produciendo en el individuo la congoja y el desasosiego de aquel que se siente a flor de piel cuando asocia la música a su biografía (y aunque pruebes a abrir las ventanas, los sonidos se difunden pero no se terminan de escapar). Cuando el corazón acude junto a otros corazones al ritual colectivo de acercarse hasta un local para flirtear con las notas en vivo, se produce el atasco fluido ante semejante tumulto de sensaciones, y el imparable ritmo de tantos corazones sometidos a la vez a la destreza resbaladiza de unos sonidos desnudos pero sin anarquía y tan llenos de emoción. A veces explota todo en el baile y otras veces el baile va por dentro.

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Asimilando todavía (siempre) la destreza que tiene la música para expandirse en condiciones de extrema belleza, anoche, gracias a la comunión pública entre los cinco transmisores de felicidad: Chip Crawford (piano), Jahmal Nichols (contrabajo y bajo eléctrico), Emanuel Harrold (batería), Tivon Pennicott (saxo) y Greory Porter (voz); pudimos combatir con un equilibrio de notas el desequilibrio de los días. A decir verdad, el desbarajuste que nos hizo tanta bonita nota suelta, sirvió para ver el efecto que el fulgor de los sonidos provocaba en el rostro ajeno. Cuidado con esa cara idiota de felicidad después de un buen concierto, hermano.

Vimos a Gregory Porter enmarcado en la programación del Festival de Jazz de Madrid, pero Gregory Porter no es jazz, o al menos no sólo eso. Hace música negra y dentro, por supuesto, está el jazz, pero su fuerza innata también proviene del gospel (ramalazos de un predicador sin más religión que las canciones), el soul y el rhythm’n’blues (Nat King Cole, Ray Charles, Marvin Gaye, Stevie Wonder…). Es un crooner con un gusto exquisito que reclama su libertad (“Want to be free, got to be free…“) más allá de las etiquetas. Domina el escenario, sin hacer alarde o apabullar, con una voz de barítono orgánica y limitada. El término medio es su virtud y el repertorio avanza con la calculada fogosidad de los elegidos que hacen que parezca fácil. Ni baladas ni todo lo contrario.

Cuando quiere y como quiere el norteamericano se lleva a su terreno todas las canciones. Un buen ejemplo de ello fue la versión “porteriana” del tema de Disclosure (que Porter ya img_20161126_214312había grabado expresamente para el dúo británico en “Caracal“, el álbum del año pasado ) con el que abrió el concierto. Repasó, sobre todo, los discos  “Liquid spirit” (“Hey Laura” sonó de fábula), de 2014, y “Take me to the alley“, de este 2016, con una “In fashion” tan mágica en directo como en el disco. Tocó la Canción del Trabajo (“Work song“), de Cannonball Adderley y Oscar Brown Jr., al estilo de la arrebatadora versión que ya aparecía en su álbum “Be good“, de 2012; y se aproximó sin pudor alguno al musculoso funk de “Papa was a Rollin’ Stone“, de Norman Whitfield y Barrett Strong. Por cierto, la conexión funk tuvo su continuidad cuando enlazó el tramo final de “No love dying” (la última canción antes de los bises: “tengo un mensaje para el nuevo presidente de mi país“) con la estrofa de despedida del “Thank you (Falettinme be mice elf agin)” de Sly & The Family Stone.

Sin demora volvieron al escenario Gregory Porter y sus músicos para hacer “Water under bridges” y, con una apoteósica despedida, “Free” (“Want to be free, got to be free…“), donde cada uno de los miembros de la banda, después de su reverencial solo, iba abandonando el escenario. En orden fuimos dejando de escuchar la voz, el piano, el bajo y la batería (imparable y arrollador Emanuel Harrold) mientras jugábamos a atrapar las notas y sus correspondientes sonidos de canciones al vuelo: “Smoke on the water“,”Come together“, “Superstition“, “I wish“…

En general, todos los temas sonaron aún mejor que en los discos: largos (pero se hicieron cortos) y brillantes sin que los solos se dispersaran del objetivo popular de la canción. Desde el patio de butacas hubo palmas eléctricas y entregadas, un meneito natural generalizado, acorde con la soberbia sección rítmica del cuarteto, y un tímido, aunque muy digno, acompañamiento vocal en plan gospel (“There will be no love that’s dying here“) para la versión de “No love dying“. Nos quedamos en el límite, con el punto justo de querer desparramar y salir disparados a bailar cerca del escenario pero, por las caras de felicidad y los ojos brillantitos, seguro que nadie salió del concierto defraudado.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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