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Concierto de Paul Simon: De cualquier raíz puede salir una (buena) canción.

Madrid, 18 de noviembre,

Introducción:

A un concierto uno va, entre otras cosas, a sentir, a dejarse llevar, ya sea por el ritmo o por la emoción (o por las dos cosas a la vez), lo cual normalmente termina desembocando en unas irreprimibles ganas de bailar o, en su defecto, de pegar botes, cosa que, por cierto, se está poniendo cada vez más difícil en los espectáculos con asientos numerados en pista. Por otro lado, difícil no sentir ternura, rabia y compasión por aquellos que, con cara de pocos amigos o, directamente de indiferencia, tienen la misión de reconducir y volver a sentar a las masas enfrebrecidas cuando éstas se salen del redil.

Intuíamos, por el precio desorbitado de las entradas y vista la disposición de las sillas de plástico en la pista cuando llegamos, que iba a ser una noche complicada para arrebatos bailongos, más si cabe, cuando el propio artista desde el escenario nos animaba para que hiciéramos caso omiso de las normas y saliéramos a bailar si lo sentíamos y nos dejábamos llevar. Ese artista en el escenario, el que nos arengaba, no era otro que Paul Simon.

De pócimas y de flamenco:

Paul Simon apareció en el escenario después de que la banda, perdón, LA BANDA, arrancará el concierto con el instrumental “Gumboots“, del álbum “Graceland“. Hacía 2503 años que el norteamericano no venía a tocar a España y tenerle aquí, tan cerca, resultaba, para las 9.000 personas que estábamos allí, emocionante y memorable. “The boy in the bubble” destapaba el tarro de las esencias de una noche de amor platónico: cada músico (9 prestidigitadores, 9 magos, 9 extraterrestres, llamadlos como queráis) entregado a la alegría de dar vida y matiz a los arreglos de las melodías y, con sutil perfección, arropar la (todavía) tierna y juvenil voz de Paul Simon (setenta y tantos). Un hermoso acoplamiento entre instrumentos que, tratando de plantarle cara a la temible acústica del Palacio de Deportes de la Comunidad de Madrid (sobre todo en las gradas superiores), dejó momentos muy evocadores.

50 ways to leave your lover” apareció demasiado pronto en el repertorio (nuestras energías dispersas se estaban aclimatando) lo cual restó parte de su picardía, sin embargo “That was your mother” entró como una apisonadora convirtiéndose en la chispa necesaria para que, el que esto escribe y su compañera, nos levantáramos como un resorte del asiento dispuestos a transgredir las normas: bailando!

America“, la primera canción que Paul tocó de la época de Simon & Garfunkel, sonó más melancólica de lo que ya es por mera asociación de ideas: esa búsqueda de la que habla la grabación original, de 1968, sigue estando vigente en esta nueva era americana llena de interrogantes. Recuperando (al margen de la decepción y el cabreo) la efervescencia de los ritmos callejeros, Paul Simon enlazó sus dos primeros singles (de 1972) tras la disolución de Simon & Garfunkel, “Mother and child reunion” y “Me and Julio Down by the schoolyard“. La llama del baile seguía prendida.

Con “Spirit voices” se produjo uno de los momentos claves de la velada. Y es que Simon se detuvo a explicarnos, mientras nosotros volvíamos a regañadientes a nuestra localidad, cuál había sido el detonante de la canción: un mejunje de raíces y plantas, la ayahuasca, que El Brujo, en la etapa brasileña del “The Rhythm of the Saints” dio a probar a nuestro hombre y cuya reacción, además de estrangularle el cerebro, provocó ese vendaval de sonidos de la noche y voces espirituales (sustituyendo en directo el hechizo vocal de Milton Nascimento por un arrullo de vientos) que acabaría por convertirse en 02canción. Hubo un sincero reconocimiento a la labor percutiva del colectivo brasileño Olodum en la canción “The obvious child” y, en “Stranger to stranger“, del homónimo último álbum, Paul reconoció su admiración por el flamenco, potenciando sobre el escenario la influencia en los arreglos de la canción de estudio con la presencia del bailaor Nino de los Reyes y el percusionista Sergio Martínez. “Homeward bound” viró hacia el country y la solemne melodía andina de “El condor pasa” sirvió de introducción a “Duncan“, también de la hornada del 72.

Del sonido del gopichand y del sonido del silencio:

Y entonces, por segunda vez, nos explicó Paul Simon cómo de la raíz de un sonido podía surgir una canción. El caso es que había estado todo el rato por delante de su pie de micro pero no nos dimos cuenta hasta que lo cogió y nos lo mostró. Era alargado, con dos cañas que se abrían en su parte central y entre medias una sola cuerda. Era un instrumento de origen indio, según nos contó, cuyo sonido, cada vez que pulsaba su cuerda, le remitía fonéticamente a la palabra were… wolf, were.. wolf…, de ahí el tema que abre “Stranger to stranger“, “The werewolf“. Así de complicado, así de sencillo. 

El tramo final antes de la primera despedida fue la revelación del baile, por fin: “Diamonds on the soles of her shoes” y “You can call me Al” vinieron a ser algo así como la rebelión de las ganas. Después quisimos atrapar el momento para que aquello durara eternamente por lo que tuvimos que hacernos fuertes delante de los armarios empotrados. Porque todavía faltaban “Graceland“, “Still crazy after all these years“, “The boxer“, (inesperada, sorprendente, bonita, bluesera…) “One man’s ceiling is another man’s song“… y porque sabíamos que no hacían falta tarjetas SD para guardar en la memoria el totémico instante de ver a Paul Simon interpretar a solas con su guitarra (al estilo del 64) “The sound of silence” o, de nuevo con toda LA BANDA, “Bridge over troubled water“, para finalizar el concierto. Qué digo concierto, LA EXPERIENCIA.

¡Vivan las raíces!

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