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Tributo a Leonard Cohen: No quise intuir nada, no quise verlo más oscuro.

 

Esa mañana, nada más levantarme de la cama y encender mi teléfono móvil, recibí un mensaje de texto: “Tete, te has enterado ya? Ha muerto Leonard Cohen.

Cuando sonaban en la radio los primeros acordes y las voces, mayoritariamente femeninas, del estribillo sin letra de “Dance me to the end of love“, mi madre sufría un img_20161114_130348cortocircuito interno que la llevaba directamente al amplificador del equipo Hi-Fi del salón o al pequeño transistor de la cocina, según se diera, para subir el volumen y ponerse a bailar con los ojos cerrados. Este impulsivo acto reflejo al borde de la pantomima se acabó convirtiendo en un emocionante ritual que mi hermana y yo observábamos desde nuestro contrapicado refugio infantil, a punto de volar en pedazos por efecto del ardor iniciático: curiosidad y necesidad de tener respuestas de todo.

A pesar de no entender muy bien los motivos de mi madre, tanto mi hermana como yo quisimos saber más acerca de aquel señor que flirteaba con ella de vez en cuando a través de la radio transportándola a lugares que desde luego no estaban allí, donde estábamos nosotros. En realidad no supimos cómo era ese hombre físicamente hasta algunos años después, así que intentamos imaginar su porte por el ritmo lento de sus canciones o por la acusada gravedad de su voz. Mi hermana dijo que sería alto, yo dije que elegante y, como los dos llegamos a la conclusión de que hacía “música para padres”, pensamos que seguramente fuese un hombre mayor, no viejo, de unos cuarenta y tantos años. Al poco tiempo, sin embargo, se nos colapsaron esas imágenes y esas sensaciones cuando descubrimos, también en la radio (ay, la radio), que el mismo tipo que cantaba con romántica decadencia “Dance me to the end of love” estaba detrás de tres canciones intrigantes, hermosas y evocadoras que sonaban muy antiguas: “Suzanne“, “Bird on the wire” y “So long, Marianne“. Lo máximo que pudimos averiguar mi hermana y yo fue que el tipo se llamaba Leonard Cohen, que era canadiense y que, al parecer, las letras de sus canciones eran cojonudas.

Escribía Diego A. Manrique el pasado sábado 12 de noviembre en su texto de despedida a Leonard Cohen, que a éste le encantaba saber que su música (“First we take Manhattan“) se bailaba en las discotecas. Corría el año 1988 y la CBS había hecho una campaña de promoción estupenda con el último lanzamiento de Cohen, “I’m your man“. Su nueva música se escuchaba en los 40 Principales y le hacían entrevistas y reportajes que, juntoimg_20161114_130829 con sus videoclips, se emitían en televisión (ay, los programas de música de la televisión). “First we take Manhattan“, el primer sencillo, era irresistible. Melancolía techno-pop en vena al servicio de un ritmo amenazante, como de desfile militar, sutilmente romántico cuando entraba la melodía, con un estribillo que parecía que no iba a llegar nunca, pero que cuando llegaba se convertía en el estribillo más bonito que jamás habías escuchado. Era una venganza contra la marcial claustrofobia de los sintetizadores. Además, en la letra también estaban Berlín y Manhattan. Y es que, cuando uno tiene 14 años, esta canción se convierte en el impactante resultado de mezclar hasta la perfección un poema musicado, un viaje (en tren) muy lejos de casa y un tratado de melancolía que lo mismo sirve para enamorar que para hacer la guerra. De esta manera, perplejos mi hermana y yo, no sólo conseguimos sentir más que entender por primera vez lo que era para los adultos la decepción, sino que por fin pudimos ponerle cara (y cuerpo) a Leonard Cohen. El muy truhán, después de aquello, se instaló definitivamente en nuestra casa cuando mi madre, asumiendo mi creciente e imparable faceta de coleccionista musical, me regaló el disco de críptica música e hipnótica portada: Enmarcado en negro y plata, impecablemente vestido con traje y camiseta, gafas de sol, y en su mano derecha un plátano a medio terminar, como no queriendo darle importancia a esa proposición cordial que hacía desde el título del álbum, “Soy tu hombre“.  Ah, y esa bandita también plateada con letras negras que cruza el ángulo superior de la derecha cuyo anuncio no podía ser menos tentador para el joven aprendiz de idiomas, analista incipiente de canciones: “Incluye textos en inglés y castellano” (la traducción era de Alberto Manzano). Desde luego, si el desgaste de los discos se midiera por sus chisporroteos “I’m your man” es, a día de hoy, una importante tormenta canalizada a través de mis altavoces.

img_20161114_131046Demasiado tiempo tardó el seductor Cohen en sacar nuevo disco. Fueron cuatro años en los que, a la par que la década de los 80, mi hermana y yo nos fuimos distanciando (estragos de la adolescencia) y mi madre dejó de comprarme discos. Empezaba a gestarse el advenimiento de una era híper moderna y sobresaturada de información y “The Future” (el único álbum con material nuevo de la década de los 90) hacía balance (incorporando a los anhelos y la frustración ambiental dos versiones estremecedoras de sendos temas de Irving Berlin y Frederick Knight) y se anticipaba al fracaso y la crisis de principios del siglo XXI, aludiendo al caos político y a la muerte del hombre sentimental. Las canciones “Waiting for the miracle” y “The Future“, además, acabarían convirtiéndose en himnos, como parte fundamental de la banda sonora de una generación audiovisual (dependiente) pesimista y descreída.

Mucho más tiempo tuvimos que esperar hasta que Leonard Cohen, después de su retiro budista americano, publicara un nuevo trabajo en 2001. En “Ten new songs” se asoció con la compositora, cantante y productora Sharon Robinson, simplificando al máximo los recursos musicales para potenciar el recitado de unos textos cargados de una nueva sabiduría. En Boogie Street, la nueva dirección a la que Leonard Cohen envió los muebles después de la mudanza, podíamos encontrar el mercado y la industria musical, ambos a punto de implosionar, pero aquello ya no era como antes, la tierra de la abundancia no tenía luces lo suficientemente brillantes para guiarnos a ningún sitio y mucho menos hacia la verdad. Mi hermana, por cierto, se compró un piso, yo, mientras tanto a mil besos de profundidad.

Tres años después se editó “Dear Heather“, un pequeño refugio para la poesía cantada que, sin ser una cumbre, supone un cierto avance experimental lleno de dudas y img_20161114_131355referencias. Es un disco de senectud y soledad (antesala de la placidez que da saber que todo ya está hecho, todo ya está dicho) sin solución de continuidad. Ni falta que hace. Sin embargo, la ironía del fraude (toda esa rocambolesca historia del robo de 5 millones de dólares y el acoso al cantante por parte de su antigua manager, Kelley Lynch) arrastró a Cohen hacia el blues y la carretera (su nuevo Boogie Street). “Old ideas” y “Popular problems” son los discos de la urgencia y la generosidad. Cualquier otro se habría dedicado a actuar en directo y dejarse de nuevas entregas. En 2009, en uno de los conciertos que dio Leonard Cohen aquel año en España (el de Madrid concretamente), pude corroborar en directo (mi hermana no vino conmigo) su (infinita) altura y su (inmortal) elegancia.

You want it darker“, de este 2016, sigue el camino hacia el infinito de “Old ideas” y “Popular problems“, aunque es un poco menos austero gracias a la elegante (de tal palo) y cariñosa producción de Adam, el hijo de Leonard. En la reseña que hicimos en mycrosurcos, no quisimos ni ver ni escuchar que, como todos los medios apuntaban, era un disco de despedida. Ya habíamos tenido bastantes despedidas este año. Nos engañamos por amor y por miedo. Y es que, amamos tanto a Cohen que nos dio pavor que se nos fuera. Tanto lo amamos que nos abrazamos a la superstición para que no sucediera lo inevitable. Por eso, y este año Bowie y Cohen han dado buena cuenta de ello, a veces ocurre el milagro y todo ese amor que les devolvemos a nuestros ídolos por todas las muestras de amor que ellos alguna vez nos dieron (discos, actitud, conciertos, canciones) al final se acaba transformando en una GRAN obra de despedida, un epílogo, que es como un acto final de amor del artista revirtiendo otra vez hacia nosotros.

Fue la mañana de un viernes, 11 de noviembre, cuando, nada más encender mi teléfono móvil, recibí un mensaje de texto de mi hermana: “Tete, te has enterado ya?“.

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