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Bob Dylan: ¿Y si miramos atrás?

El jueves 13 de octubre de 2016 la Academia Sueca fue la encargada de hacer pública la concesión del premio Nobel de literatura a Bob Dylan. Una noticia increíble, no del todo inesperada (Dylan ya sonaba entre los candidatos al galardón desde hace varios años), pero sobre todo audaz y controvertida. Al principio hubo alaridos y blasfemias, después lanzamiento de cuchillos y construcción de trincheras. Hubo un empeño furibundo en tender emboscadas y, por lo tanto, en estar a la defensiva. Lo que empezó siendo una noticia, como poco excitante, acabó convirtiéndose en una noticia trampa que escondía un babilónico agujero negro de odios y frustraciones. Más que un premio una afrenta parecía.

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Bob Dylan en “Dont look back”

A nosotros, desde entonces, no nos ha quedado muy claro si todo se resume a que la letra con música entra o a que sólo unos cuántos tienen la virtud, mejor, el don para enmendar la plana a la Academia Sueca acerca de lo que es o no es literatura (de la calidad o no de la misma mejor no hablamos). Siendo fieles a nuestra línea editorial, a veces contradictoria y llena de dudas, otras veces ardorosa y mitómana, elegimos que haya un desastre a pesar de que podamos perderlo todo después de la tormenta. Sin dudar (esta vez sí), la polémica nos fascina y nos repele, nos repele y nos fascina; nadie es infalible. Es más, a pesar de posicionarnos a favor de la fantástica aventura que significa ponerse un disco de Bob Dylan sabiendo que estás a punto de escuchar a todo un Nobel de literatura, no tenemos reparos en comprender y hasta compartir ciertos argumentos canónicos de los que se rasgan las vestiduras ante la magnitud del fallo. Permitan, no obstante, que nos enroquemos o acabemos dando vueltas a un farol, tratando de mordernos el rabo: no es el espejismo del desgaste de los insultos sino la razón malpensada la que nos lleva a sospechar que algunos (varios, muchos) de los que se llevan las manos a la cabeza no han leído en toda su vida más que 3 ó 4 de las letras del bardo de Minnesota. Y así no vale. Aunque lo mejor sea, con todo, que su reverso piadoso se cobre unas cuantas piezas y que aquellos (varios, muchos) que veían a Dylan con un telescopio se aproximen ahora al cancionero, aunque sea a escondidas en la red, a la vista de todos, de un autor portentoso (también icono) en sus aciertos, en sus debilidades.

Inocentes hasta la provocación y llegados a este punto de sinceridad extrema, resulta oportuno confesar (ya sin el peso del nosotros) que el que esto escribe no conoció bien a Dylan hasta el día en que se compró un libro con las letras de sus canciones: el primer volumen de una edición bilingüe (Espiral/Fundamentos, traducida por Carlos Álvarez) y que 01153609.tifincluía todos sus primeros discos hasta el “Highway 61 revisited“. Que no fue sólo cuestión de pose o de romanticismo, que yo notaba que algo me estaba perdiendo cuando el tío no dejaba de cantar (ni un segundo de más para recrearse en la melodía) y, por ejemplo, escuchaba “Desolation row” mientras hacía limpieza en mi escritorio o en las estanterías. Había que verme encerrado en mi habitación con los discos, concentrado en las letras de las canciones con el libro entre las manos. Eso sí que era un poema. Por eso, una vez alcanzado el éxtasis a través del conocimiento, acabé por aceptar (por puro placer, lo siento) que necesitaba ampliar el catálogo, de modo que me compré, en una Feria del Libro, el segundo volumen de la serie Dylan, que empezaba con el álbum “Blonde on blonde” y terminaba con el “Blood on the tracks“. Todo esto ocurrió en un tiempo sin internet cuando saciábamos la curiosidad en las librerías o, si no… en su alternativa pirata, las copisterías. Símbolos y metáforas, beatnicks y existencialistas, aquel descubrimiento lírico (fuera o no literatura) nunca, a lo largo de todos estos años, dejaría de generarme cierta inquietud ante la sensación de imposibilidad de aprehender al completo el universo de estímulos y referencias que contenía. Al principio me quedé atrapado en algún lugar indeterminado del laberinto Dylan, un lugar dónde lo mismo salían a tu encuentro los problemas ancestrales de la sociedad americana (genealogía de mitos y leyendas, desde los pioneros del lejano Oeste hasta los genios del blues), que las imágenes enrevesadas de la actualidad de una época repleta de cambios (desde mediados de los 60 hasta principios de los 70) o la certeza, acentuada según iban pasando los discos, de que casi todas las canciones de Dylan hablan de amor.

En coherencia con el periodo de tiempo que abarcaban los dos volúmenes con las letras de las canciones (hasta 1975), en mi discoteca Dylan había una fractura evidente, si exceptuamos la presencia de “Slow train coming”  (que por causas del azar fue mi primer disco Dylan), hasta que en 1997 salió esa filigrana que es “Time out of mind“. Resurgieron entonces las ganas de escarbar en los discos olvidados. Me adentré por la denostada etapa gospel y después cristiana y, siendo práctico con los discos de los 80 y 90, busqué consejo en las revistas especializadas para descartar “los menos buenos”. Pero volvamos al tótem. Lúcido y seminal, “Time out of mind” inició a finales del siglo XX una revuelta creativa poderosa que trajo2-bob-dylan-typewriting consigo a un Bob inspirado, con un sonido remozado y saltarín que daba cobijo al folk, al swing y al rock’n’roll de los que se había amamantado. Es una colección de escándalo compuesta por los álbumes “Time out of mind“, “Love and theft“, “Modern times“, “Together through life” y “Tempest” que, de alguna manera, ha permitido despertar después, como consecuencia lógica, al crooner que Dylan tenía secuestrado en su interior. Admirador, por fin sin reparos ante el mundo, del Tin Pan Alley, “Shadows in the night” y “Fallen Angels” son los discos de la diversión y de la madurez, dentro de un periodo de “vade retro decadencia” al que, de repente, con la llegada del Nobel le ha caído encima la tiranía del hashtag y sus apóstoles enmascarados. Tiranía digital que seguramente al propio interesado le resbale casi tanto como le resbale el galardón:

Estos días hemos sabido que la Academia Sueca se ha dado por vencida y ha desistido de ponerse en contacto con Dylan. Al parecer éste no ha respondido ni a las llamadas ni a los mensajes. Tampoco ha habido ningún tipo de comunicado público reconociendo o aceptando el premio por parte del cantautor norteamericano. Hubo, eso sí, una breve reseña que duró algunas horas en la página de inicio de su web oficial y que después, misteriosamente, desapareció.

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Pennebaker pegado a Dylan.

El furor que dejó, que está dejando tras de sí la noticia, me llevó, a los dos días de hacerse público el nombre de Bob Dylan como ganador del Nobel de literatura, a volver a ver la película “Dont look back” (así, sin apóstrofe, como para acentuar aún más su carácter amateur y revolucionario), una película que es el año 0 de los documentales de música rock. Fue como abrir la botella de un buen vino para celebrarlo. Algo así como mirar hacia atrás intentando atrapar el momento en que empezó a fraguarse el Premio. Porque Dylan en realidad, más allá de su obra y su carácter, cincelados en función del volumen que adquiría la sombra de su personaje público (y con el Nobel ya nadie puede calcular el tamaño que éste puede alcanzar todavía), es un sabueso, un explorador en busca de las raíces que han edificado la cultura americana, basadas en gran medida en la perspicacia y el respeto; donde la música, los músicos especialmente, siempre han tenido un papel relevante.

Dont look back” es una lección de cómo dotar de un novedoso producto a la industria del entretenimiento abarcando dos campos a la vez (cine y música) consiguiendo, además, captar el momento del despegue de un artista (por aquel entonces, señores de la Academia, un poco descortés, cada vez más arrogante). Sin estudios de mercado en busca del mayor beneficio económico todavía, todo nace del don de la oportunidad: intuir el talento y exportar la calidad. Tácticas de guerra de la cultura popular norteamericana contra la invasión británica que a los hombres de negocios pilló descolocados. Porque si Dylan miraba con displicencia a su alter ego británico, Donovan,

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Una de las veladas hoteleras. Con Donovan.

pensemos en lo mal que lo tenía de pasar cada vez que los Beatles se le aparecían en sueños. Estamos hablando de mediados de los sesenta cuando a Albert Grossman, representante de Bob Dylan desde 1962, tuvo la feliz ocurrencia de concertar una cita con el cineasta D.A. Pennebaker para proponerle cubrir con su cámara (un prodigioso artefacto de 16mm tuneado para poder grabar el sonido sincrónico con la imagen) la gira que durante tres semanas iba a dar Dylan por Inglaterra, sin saber muy bien las consecuencias: “He visto alguno de tus trabajos… el documental sobre las Primarias del Partido Demócrata, la película de Jane Fonda en Broadway y ese cortometraje, el de la audición para la RCA del Quinteto de Dave Lambert. Me gustan, tienen algo.”. Y ya puestos a fabular, imaginemos a Pennebaker, frotándose las manos por debajo de la mesa, más pendiente de no dejar escapar la oportunidad de llevar a cabo el proyecto (quién iba a saber que aquello era una jugada maestra del destino) que de confesarle a Grossman que él de Dylan no sabía nada.

De este desconocimiento inicial saca provecho Pennebaker que, valiéndose de su mirada microscópica, se aproxima tanto a la piel de Bob Dylan que acaba llegando hasta la médula espinal de Robert Allen Zimmerman. Consigue darse cuenta en cada fotograma que imprime (doce aciertos, doce debilidades por minuto), del partido que puede llegar a sacar del material suicida que tiene entre las manos . Un cúmulo de situaciones indiscretas devoradas por la cámara vampira de un proyecto de bajo coste económico pero de un alto valor testimonial, impensable a posteriori, vista la crudeza de su sinceridad. Pegado al personaje, sin olvidar la estela que va dejando a su alrededor, un Pennebaker juicioso e intuitivo desestima en la sala de montaje los conciertos, la música (aunque, incluso en esto, es capaz

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Alan Price, Bob Dylan y Bob Neuwirth.

de recrearse un poco más para captar la energía renovada de Dylan al final, en las dos últimas actuaciones, en el Royal Albert Hall), quedándose con todo lo que hay entremedias: ruedas de prensa surrealistas y entrevistas kamikazes que revelan al borde que lleva dentro Dylan (una manera de promocionarse que, desde entonces, a muchos artistas les ha funcionado como un emblema), veladas ensimismadas en habitaciones de hoteles caros (borracheras, delirios, humillaciones, lanzamientos de objetos por las ventanas… desde entonces hasta ahora todo serán secuelas pero con más presupuesto), taimadas negociaciones en despachos de cine negro (en plan Cassavetes, todo tan real, todo tan pequeño), los primeros reproches de los fans a un Dylan electrificado (anticipa su conversión al rock’n’roll el advenimiento del nuevo Judas ante lo cual sus seguidores no parecen estar preparados) y el placer de fumarse el cigarrillo de después del Comunismo (comienza la era de la Anarquía).

Igual en “Dont look back” muchos no veis a un Nobel, pero seguro que sí que veis a Bob Dylan.

*

Epílogo convencional:

Pennebaker, cuando se reunió por primera vez con Albert Grossman, no sabía muy bien quién era Bob Dylan (¿quién lo sabe?). Había escuchado una canción suya en la radio, “The times they are a-changin’ ” quizás, pero poco más conocía de él. Así que, antes de partir a Londres e iniciar el rodaje quedaron en un bar (también se encontraba con ellos el cantante Bob Neuwirth, por aquel entonces su road manager) para charlar y exponer algunas ideas. De esta charla, según cuenta Pennebaker, salió un concepto general (ninguna restricción, absoluta libertad) y una idea (“Qué te parece”, le dijo Dylan a Pennebaker, “si escribo en un montón de hojas de papel la letra de una canción y las voy mostrando y tirando al suelo según avanza la canción”) que, sin ellos saberlo, se convertiría en el que es considerado como el primer videoclip musical de la historia: “Subterranean Homesick Blues“, que además abre “Dont look back“.

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Rodando el videoclip de “Subterranean Homesick Blues”

Epílogo apasionado:

Por otro lado, hay un momento en la película en el que un Bob Dylan distendido, leyendo el periódico en la habitación del hotel, recibe la visita de un periodista del servicio africano de la BBC. El periodista, por cortesía o por evitar el zarpazo de la fiera, expone previamente las preguntas que va a hacer por si alguna no es del agrado del artista. Una vez que todo está preparado el periodista enciende su grabadora y entonces acontece el milagro del lenguaje cinematográfico: “¿Cómo empezaste en esto, Bob?, ¿Qué desencadenó todo?”. Y no digo nada más. Tendréis que verlo.

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Bob Dylan tocando “Only a pawn in their game” en un acto a favor de los Derechos Civiles. El 2 de julio de 1963 en Greenwood, Mississippi.

 

 

 

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