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Instrumental – Un libro de James Rhodes.

9788416290437

Editorial: Blackie Books

Año: 2014

Lo que más me gusta de “Instrumental” es la capacidad que tiene James Rhodes de ser contradictorio todo el rato sin dejar de ser sincero. El vaivén emocional que logra transmitir con las palabras requiere de un refinado pulso narrativo para dosificar la información y, en cierto modo, novelar la biografía. La insatisfacción repetida de un ego enorme y abominable encauza la trama para que justo, cuando parece que un episodio se va a cerrar, inevitablemente dentro de la fragilidad se abra una nueva fisura. Por otro lado Rhodes circunda los lugares comunes que critica. Durante las primeras tres cuartas partes del libro consigue que nos olvidemos de la terapia y la autoayuda. Bordea la decepción (la nuestra porque con la suya no damos crédito) pero sabe recular a tiempo. Sólo cuando se relaja la historia y ya no hay nada más que contar, el británico cede a la presión de tener que terminar el libro y se enreda en una conclusión demasiado larga y ejemplarizante lo cual, por otro lado y después de lo leído anteriormente, es una consecuencia lógica que el lector (el seducido) es capaz asimilar y hasta justificar.

Reconozco los prejuicios iniciales antes de enfrentarme a “Instrumental“: En otro lugar, alejado, distinto, si situaría el paradigma James Rhodes con respecto al que los medios de comunicación otorgan a ciertos reyes del papel que usurpan el pedestal. Parece que no se puede comparar, cierto, pero la búsqueda de ese espacio, ese nicho de mercado, es lo que me llevó a pensar en James Rhodes como un superventas de los gafapastas cuando veía el libro en las estanterías, por eso, una virtud editorial sorprendente, al menos en mi caso, ha sido conseguir que se me olvidara mientras lo leía que tenía un hype entre las manos o, mucho mejor, que después de terminarlo tuviera bastante claro que la travesía había merecido la pena. Pero cuidado que el viaje no anda exento de intensidad entrelíneas y efectos arbitrarios para los sensibles. El libro no se lee, se devora y su honestidad no se digiere, dependiendo de los casos, con igual rapidez. Imaginamos la valentía de Rhodes al escribirlo y damos fe de su elegancia a la hora de pasar por encima de los pelos y las señales, pero el contenido ahí está, latiendo como un corazón. Y los corazones ya se sabe…

Al principio está la vida y el dolor que se supone va incorporado. Al final está la música. Siempre la música. Punto de inflexión y vía de escape. Realismo mágico con el que combatir la enfermedad de una vida de mierda. Sutil generador de la creatividad escondida. Refugio contra la cólera y horizonte de belleza. Caramelo de limón con el que anestesiar un vergonzoso bucle de terror y de condena. Cosmos de notas y pulsaciones. Ritmo interno del damnificado. Sirva la música para reabsorber los agujeros negros y hacer un apaño con las mentes partidas. Pero ojo, que no escribe Rhodes desde el Limbo de las estrellas de rock, escondido detrás de una guitarra. Él, para mantener la coherencia del desasosiego, suele sentarse delante de un Steinway y reinterpretar a los clásicos (“La música clásica me la pone dura“). Solo, sin cumplir con el código de vestimenta establecido, introduciendo anécdotas, datos de interés, entre cada una de las piezas. El fundamento de su rebeldía está también en la puesta en escena.

Enemigo de los formalismos (puro formalismo a su vez), Rhodes escoge la distancia que proporciona la ironía para adentrarse tanto en el patetismo como en la tragedia. No se cansa de venerar el poder sanador de las melodías y, más que terapia, hace pedagogía con las distintas composiciones que encabezan todos los capítulos del libro, como si de una banda sonora se tratase (se lee como se escucha). No vacila a la hora de lamerse las heridas en público pero procura que el rencor y la venganza se diluyan entre la crueldad y el optimismo. Un optimismo salvavidas. Una crueldad liberadora.

La ventaja de adentrarse entre las páginas de “Instrumental” es que las turbulencias que provocan aseguran el desprecio frente a la indiferencia. La desventaja es que ese desprecio se vuelve tan apabullante y subjetivo que al final del viaje se corre el riesgo de llegar desfondado de corazón. Y los corazones ya se sabe…

 

 

 

 

 

 

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Esta entrada fue publicada en octubre 5, 2016 por en Leer de música y etiquetada con , , , , .
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