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A propósito de “Eight days a week: The Touring Years”, la película documental de The Beatles.

Aún reconociendo la simplicidad del enfoque y el nulo interés por sacar los trapos sucios (el concepto de producción determinando el contenido del material exhibido), “Eight days a week: The Touring Years” no deja de ser un entretenido vehículo, no sólo promocional, para mantener la máquina Beatle, cuarenta y seis años después de haber dejado de trabajar a pleno rendimiento, bien engrasada.

El encargado del proyecto, el director Ron Howard, consigue, sin comprometerse demasiado (fiel a su trayectoria cinematográfica), sintetizar la historia de los años de directo (entre 1962 y 1966), los del meteórico ascenso de la banda de Liverpool. Un directo de leyenda que había empezado a forjarse en el tumultuoso circuito de Hamburgo, justo the-beatles-eight-days-a-week-the-touring-years-posterantes de empezar a grabar en el estudio esos discos fundamentales y componer esas canciones preciosas que presentar (en orden cronológico) en tugurios, teatros y estadios (con sonido infame) por todo el planeta. Es una historia conocida (qué no lo es en los Beatles) por la que transita un siglo XX en busca de las credenciales con las que presentarse ante una inminente era digital: Cómo, en el contexto de una modernidad en pañales, cuatro héroes de la clase trabajadora asaltan el mercado del espectáculo (Cultura, ¿qué cultura?) y, de paso, desestabilizan el orden mundial con una poderosa mezcla de actitud, inteligencia, puesta en escena y desparpajo. Igual, en aquellos tiempos, las canciones no se oían, pero después de todos estos años son las canciones las que dan el sentido y la razón de ser a la beatlemanía. Fueron el delirio y la llama para la juventud y, sin embargo, un inocuo peligro incontrolable para los gobernantes. Cuatro cachondos que entrenaban el talento y la amistad hasta que dejaron de vestir y peinarse de la misma manera. Por eso, cuando su crecimiento musical ya no cabía en grandes estadios decidieron centrarse en las posibilidades que tanto a la creatividad como a la experimentación les ofrecía el estudio de grabación.

Es probable que el documental se quede corto en muchos aspectos, uno tiene la sensación de que Ringo y Macca, incluso Larry Kane, el periodista que acompañó a la banda durante 35 días de la gira americana en 1964 (y que ya hubiera dado de sí para un único documental), otorgan al omitir y de que, por otro lado, para consolar al curioso devorador, si la oscuridad en los Beatles saliera a la luz alguna vez de manera explícita dejaría de estimular la leyenda o fomentar la intuición. En este sentido, nada como volver a visionar la primera película de The Beatles, “A hard day’s night“, el más excelso de los documentales ficcionados que se haya hecho nunca, donde se aportaba la dosis perfecta debeatles-eight-days-a-week caos y locura en un día Beatle con la que complementar los huecos que se rellenan con la imaginación. Y es que la película de Ron Howard apenas tiene aristas: nada de sexo y en cuanto a las drogas, la archiconocida relación entre la marihuana (como válvula de escape) y el rodaje de “Help!” (Bahamas también como válvula de escape). La película tiene muy buen ritmo, eso sí, y una sugestiva capa de humor durante todo el metraje que relativiza la alabanza sonrojante, resaltando, de esta manera, los instantes aislados de emoción: el fabuloso episodio de segregación racial en el concierto de Jacksonville o, de manera más sucinta, la imagen de la hinchada del Liverpool en Anfield entonando el “She loves you” en plan cántico futbolero.

Como epílogo y regalo tras el documental, el concierto restaurado (y completo) que dieron los Cuatro Fabulosos en el Shea Stadium de Nueva York. Una virguería que apuntala la magnitud de una historia mil veces contada, no por ello menos disfrutable, donde los recovecos son las canciones y el morbo está en el movimiento de caderas de John, Paul y George encima del escenario para que Ringo, justo detrás de ellos, no perdiera el ritmo.

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