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Frank Ocean “Blond”: Rubio de bote y lágrimas artificiales, pero canciones como puños.

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Calificación: * * * * 1/2

Sello: Boys don’t cry

Año: 2016

Y al final, el Príncipe murió. Claro que él nunca fue un príncipe al uso, como los que aparecen en todos los cuentos.

Desolados, huérfanos de finales alargados en busca de sustitutos, algo más que placebos, los príncipes candidatos a continuar con el cuento infinito se aprovechan de esta debilidad de los fieles para sacar discos que samplean el corazón del difunto. A esta bajona, la que da la certeza de saber que ya nunca habrá una canción recién compuesta por Prince, se suma la desconfianza y el deseo. Contradicciones que se zanjan (o no del todo) con darle al play y subir el volumen.

Han ido llegando todos estos años (maldito siglo XXI de ausencias espaciadas e insensateces acumuladas por parte del maestro púrpura) tan diversas y sugerentes reencarnaciones como para no dejar de curiosear y, en algunos casos, frustrarnos. Hasta ahora, las cumbres de la herencia genética han sido: “The love below“, la parte correspondiente a André 3000 en el disco de OutKast de 2003; y ese magnético debut en 2012 de Frank Ocean (después de haber sacado la mixtapeNostalgia, Ultra” un año antes), titulado “Channel ORANGE. Mientras que André 3000 se quedó atascado después de dar con la clave, disperso en un mundo de colaboraciones (precisamente participó en el “Channel ORANGE” y ahora también en “Blond” de Ocean), a la espera de un álbum (con o sin OutKast) que redondee la proeza de aquél; Frank Ocean se ha tomado su tiempo para no tirar por la borda expectativas (archienemigas de la creatividad) con un álbum que, en el punto de mira, sabía iba a ser ultra diseccionado. Finalmente las decisiones de Ocean se han revelado este verano entre polémicas y principescas técnicas de promoción: bulos que hablaban de un nuevo álbum, luego de dos; títulos que cambiaban a última hora; compromisos contractuales que zanjar; la cansina cantinela de cuál de las plataformas musicales tendría la exclusividad…

Y así, el 19 de agosto, salió “Endless“, el primero de los dos discos. Un juego conceptual (visual) para alcanzar la emancipación. Una ligereza que reclama el contexto para el que ha sido concebida. Un sabotaje musical maravilloso con una enorme versión de “At your best (you are love)” de The Isley Brothers (en conexión directa con la versión que a su vez hizo Aaliyah) para abrir boca. El resto son un conjunto de piezas más o menos deslumbrantes, esbozos de una genialidad a prueba de retos, que avanzan hasta alcanzar un inesperado tramo final como si fuera el edén: “Rushes” es absorbente y “Rushes to” es simple y llanamente un temazo. “Higgs“, el último corte, encierra un oscuro tema electrónico que termina por despejar las dudas, si las había, sobre los prejuicios y la aventura del orleanniano.

El disco “Blond“, en comparación con su mellizo, intenta trabajar más los bocetos de las canciones sin rehuir del minimalismo, fundamental en el concepto de producción de todo el álbum. De hecho “Nikes“, la canción que abre “Blond“, saliéndose de los parámetros, no deja de ser un single frío que levanta un muro a la empatía. “Pink+White” también se sale de los parámetros (ulula Beyoncé), pero ésta tiene una producción más luminosa que no escatima en ritmo ni intenta, esta vez, ocultar la belleza de la voz de Ocean entre las distorsiones como en “Nikes“.

Porque “Blond“, ateniéndose a su propuesta (despojarse del ritmo), pasa del baile aunque no por ello sea un álbum menos funk, menos soul, menos blues. Y si la atmósfera confesional elegida esta vez  se acerca a lo acústico y a lo orgánico no es menos expresiva que si hubiera elegido el ruido y la furia. Ocean más que romperse la voz, se rompe por dentro. Busca la fragilidad del tono y una tímida reverberación para insistir en decirnos que no es valiente (“Seigfried“). Siente el pánico del artista que quiere ser absolutamente sincero y, esquivando la pornografía, se convierte en un espejo de identificación y revuelo. Dos sustantivos al final necesarios. Egocéntrico y humanista, Ocean se rodea de colaboradores para amortiguar el peso de la autobiografía y trabajar el documental con extractos de vida (“Be yourself“) y otras confesiones (“Facebook Story“). Como hace con Aaliyah en “Endless“, la versión del “Close to you” de Burt Bacharach y Hal David le sirve para conectarse, Talkbox mediante, con Stevie Wonder. No llora, o eso dice, pero sus fraseos parecen lágrimas. Se concede el privilegio de hacer una balada blues sin complejos vanguardistas (“Godspeed“). Se pone nostálgico, claro, pero le salva la ironía de ser un pelmazo (“Solo“). Están el sexo, el pop (The Beatles, que adoraban la música negra, son reverenciados ahora por los popes de la música negra), la droga y, en general, hay una vuelta de tuerca a la presión del segundo disco con tendencia a que nos quedemos más con el Todo que con las Partes. Es una reivindicación del LP virtual sin interrupciones ni anuncios.

Blond” es pegajoso y sorprendente, una virguería elástica e indivisible. Una atómica y delicada manera de exponer toda la fragilidad de mil dudas en un disco y en sus canciones. Reivindicación naive en busca de la piedra filosfal del artista: poder/saber comunicarse a través de sus pistas. La vida en los surcos, si no fuera porque todavía no hay en el mercado una versión física del vinilo. Contradicciones como la de darle al play y no subir el volumen. “Blond

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* Regular, * * No está mal, * * * Bueno, * * * * Buenísimo, * * * * * Discazo

 

 

 

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