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Concierto de Elvis Costello: Lilian, Ross y los abuelos*.

Madrid, 5 de junio,

Siete guitarras, un piano, un ukelele, un televisor gigante y un solo Costello. Bueno, solo y único en su pasión y sus cascadas eléctricas; en sus tormentosas plegarias (colérica y mejor que nunca la voz) y en esa manera tan vacilona de decir “gracias, os quiero”. La excusa para visitarnos esta vez son sus memorias (recién publicada la edición en español), pero para ver a Costello no hacen falta excusas, la verdad.

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Comparada con la nostalgia del concierto de McCartney, la de Costello fue una nostalgia para ver desde el otro lado del microscopio. Un espectáculo de gospel blanco y rock británico setentero, una clase magistral de verborrea inteligente y dosificada que trataba de explicar cómo, de entre todos aquellos pretéritos desvíos del camino, ha podido surgir el que conduce al actual Elvis Costello.

El viento huracanado que una vez sembró las canciones de Costello de mala follá (también parte esencial de su biografía) ayuda a comprender la extraña opción de elegir “Hurry down doomsday (the bugs are taking over)” para arrancar el concierto, con gafas de sol, en medio de la oscuridad, cinco minutos antes de la hora. Una sorpresiva colaboración del año 1991 entre el propio Costello y el gigantesco baterista, Jim Keltner, del disco “Mighty like a rose“. A rescatar.

La segunda canción, “I can’t turn it off” le sirvió (al igual que hizo McCartney en su concierto con “In spite of all the danger“) como excusa para datar el momento cero del arquitecto de canciones. El brindis, la borrachera, la resaca y el caviar vendrían después.

Hablando de caviar, y por no ser muy evidente: cómo sonó esa brutalidad llamada “Church underground” (una canción del año 2010), lujuriosa constatación de lo gran compositor de canciones que sigue siendo el señor Costello.

Aún así, relativizando el oficio y el resultado de una canción premonitoria escrita en diez minutosIMG_20160605_203245 (“Everyday I write the book” de 1983), Costello no dejó de salpimentar con ironía, referencias genéticas (familiares/musicales) y añoranza con sonrisa y admiración dentro, todos y cada uno de los momentos (extractos fugaces del libro de su vida) en los que, lúcido y atractivo, hacía memoria o simplemente se dejaba llevar por su faceta, cada vez más acusada, de entretenedor, maestro de ceremonias, contador de historias más allá del formato de canción. No dejó fuera  su único estandarte comercial (justicia poética, tal vez) de los últimos años (la versión del “She” de Charles Aznavour y Herbert Kretzmer) enmarcada entre canciones de anuncio y tonadas añejas. Y se permitió el lujo de mirar hacia delante, estrenando dos canciones del reciente musical que ha escrito, “A face in the crowd” (el leitmotiv del cine negro una y otra vez).

El Teatro Monumental acogió anoche una orquesta de un solo hombre capaz de hacernos volar y valorar que nuestro mundo seria mucho peor sin The Beatles (y sin McCartney, por supuesto), sin Allen Toussaint, sin Chet Baker, sin Robert Wyatt, sin Burt Bacharach, sin “Alison“, sin el cine negro de los 50, sin los Attractions, sin Muhammad Ali, sin “Veronica“, sin las gafas de pasta, sin los sombreros y, sobre todo, sin la familia McManus*.

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