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Concierto de Paul McCartney: aquí, siempre.

Madrid, 2 de junio,

Meterse con Macca es gratis. Es más, hasta puede resultar tendencia. Pero no reconocer lo buen músico y compositor que es, puede salir muy caro. Sobre todo, porque (allá cada cual) te estarás perdiendo lo mejor de esta fiesta de la vida que es sentir.

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Dicho lo cual, ésta no pretende ser una loa fanática a pecho descubierto del concierto que Paul McCartney dio anoche en Madrid, aunque ganas nos dan. Más bien, con la mesura del herido de entrada general de pista (ay, mis pies; ay, mis caderas), intentará ser la reseña embelesada de alguien que le debe (casi) todo lo pop que es a ese veterano maestro de canciones como pócimas que anoche, de pie frente a todos nosotros, desplegó todas sus virtudes y todas sus carencias.

Virtudes:

Let it be“, “Yesterday“, “You won’t see me“, “Lady Madonna“, “Band on the run“, “Blackbird“, “Hey Jude“, “And I love her“,  “We can work it out“, “Maybe I’m amazed“, “The fool on the hill“, “Eleanor Rigby“, “Can’t buy me love“, “Here there everywhere“, la suite final de Abbey Road (“Golden slumbers/Carry that weight/The end“)… las indiscutibles, creo, y no, no eran versiones, el creador estaba allí. Y esto ya sería suficiente, pero…

El espectáculo responde a las expectativas de grandioso en tanto en cuanto hay alarde en el repertorio, en las luces, en la calidad de la imagen de las pantallas y su realización, en la puesta en escena, en el casi majestuoso sonido… precisamente, la calculada simpatía de McCartney, rebaja la abrumadora propuesta: ese esforzado español para introducir las canciones (otros pasarían de meterse en semejante berenjenal), esas concesiones a los cánticos populares, la pantomima y los bailecitos. Todo en su justa medida (incluida la banda) hasta que el maestro resulta tajante y corta de raíz el “Give peace a chance” o los arrebatos de estadio.

La nostalgia en un concierto como éste no sólo existe, sino que está permitida. Precisamente gracias al Creador y a su estudiado sentido del espectáculo, no hay trampa, no hay cartón, la emoción se paga con el precio de la entrada (homenajes y álbumes de fotos). Uno va a un concierto de alguien como McCartney a echarse unas cerves, claro, pero también unas lagrimitas o a que se le encoja el corazón, según sea el caso.

La sensación de trasvase generacional, tarea iniciada por los padres en sus casas, está en el ambiente y en nuestras pupilas. Hay bloques, pero todo está mezclado para que la brecha (emocional) entre el ingenuo skiffle de “In spite of all the danger” (origen de las Pirámides), de 1958, y esa jugada maestra que es “FiveFourSeconds” (más propaganda que temazo: el signo de los tiempos), de 2015, se note pero nos de lo mismo.

El hilillo en la voz de un maestro septuagenario es la prueba de vida, justo lo contrario del cálculo que decíamos antes. Yo, si fuera él, tampoco dejaría de cantar nunca.

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Carencias:

Pues, las mismas que las virtudes o las que ustedes quieran poner, porque este menda no va a perder el tiempo en enumerarlas, habiendo tantos fuegos artificiales por las nubes.

Además, necesito tumbarme para que reposen mis caderas. Un disco con McCartney dentro me servirá como anestesia.

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Esta entrada fue publicada en junio 3, 2016 por en Los bises de mycrosurcos y etiquetada con , , , , , , , .
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