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Tributo a Prince: Mi vida con él (también) II. La noche que me sacó a bailar.

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Este año las malas noticias musicales estrangulan la conexión directa entre el ritmo y la gracia. Puede que el intento de quitarle hierro al (mal) asunto, algo así como el empeño absurdo pero entrañable por separar al corazón de los recuerdos, sirva para reconocer el valor que tuvo el mentor en poner alas en los pies del que esto escribe. Loco inquieto que una vez, tocado de magia, salió a bailar (pegar botes más bien) al escenario con el Príncipe.

Porque la culpa de todo la tiene él.

Hubo una vez, una sección de discos de unos grandes almacenes que, a mis ojos, resultaba El Dorado. Caleidoscopio de portadas con música dentro. Descubrimientos todavía. La primera vez era siempre.

Aquel verano, cuando salió “Bad” de Michael Jackson, convencí a mi madre para que me llevara a dicha sección y así, con la excusa de ponerle ojitos al disco de Jacko, repasar el resto de ofertas discográficas del momento. Cerca de “Bad“, aprovechando los ecos de una rivalidad calculada, latía la psicodelia y el descaro de la portada de “Sign O’ the Times“. Recuerdo que la vendedora, intuyendo con astucia mi interés, se lo recomendó a mi madre para mí (?) y que mi madre me dijo: “sólo uno, eh”. Iba a por “Bad” así que, siguiendo la fidelidad del curioso, con “Bad” me quedé pero mirando de reojo la otra portada y al tipo que aparecía en ella, casi fuera de cuadro y desenfocado, que se llamaba Prince.

Plácida y sin sobresaltos transcurrió mi vida musical hasta que el vídeo de “Alphabet St.” (lo puso Gurruchaga en “Viaje con nosotros“) dinamizó el ajuste de cuentas pendientes que tenía desde el verano de “Bad“. El disco que incluía “Alphabet St.“, “Lovesexy“, me arrastró a amar el funk y no sólo eso. Me llevó a encerrarme unas cuantas veces en mi habitación y bailar hasta la madrugada, o sea, lo que a esa edad viene a ser hasta empapar la camiseta o hasta que mi padre me llamara la atención porque la música estaba demasiado alta. “Lovesexy” era sólo el preámbulo del Amante Eterno, si acaso el nivel de Fanático Insaciable lo alcanzaría cuando TVE-2, en septiembre de 1988, retransmitió el concierto de la gira en Dortmund y fue entonces cuando se cortocircuitó mi adolescencia. Adjetivar aquel exceso (una ruina en el saldo final) sería caer sin remedio en la redundancia: permanecen en la memoria la inquietante distribución del escenario (en el centro del Westfalenhallen y en mitad del escenario una canasta), los movimientos espasmódicos de Cat, los superpoderes de Sheila E. a la batería y la mutación del Príncipe en un Mozart negro (cuántas veces rebobiné la cinta VHS para poder disfrutar de esa parte).

De aquí a adoptar el púrpura como color favorito me quedaba un paso. Me vi la película “Purple rain” y no entendí nada. Escuché el disco “Purple rain” y lo entendí todo. Embobado seguí tras la pista del Álbum Negro (predecesor maldito de “Lovesexy“) y, cosas del intercambio cultural, encontré en un mercado (también negro) de Dublín una muestra del mismo en cinta de cassette: vetusta forma de romantería. Ateniéndome, sin embargo, a la legalidad de la lira, mancillé sin compasión las estanterías de Virgin y HMV, haciéndome con los vinilos de “1999“, “Around the world in a day” y “Parade“.

Gracias a esta primera fase de suprema idolatría situé en el mapa Minneapolis, George Clinton y Rick James; empecé a asumir, a dejarme llevar, por el lado negroide de la fuerza musical; y me empeciné en conseguir (en Pryca, entre los saldos de Warner) los cuatro primeros álbumes de Prince: “For you“, “Prince“, “Dirty mind” y “Controversy“. Decían que el chico maravilla lo hacía todo solo.

Toda esa excentricidad, ese individualismo, resultaban tentadores para el adolescente, huraño de habitación que, tratando de encontrar un referente, intuía, tanto en los símbolos, los anagramas y los tipos de los títulos, como en las letras de las canciones, al perfecto iconoclasta pop, gurú musical de la banda sonora de aquellos primeros fracasos, de aquellas primeras ilusiones.

Hablando de fracasos… Más visceral que audaz, más audaz que intelectual, Prince trató de paliar el revés financiero que supuso la desmesurada entrega (en todos los sentidos) de la gira “Lovesexy” asociándose con el “Batman” de Tim Burton. Una jugada coherente y estandarizada que, al contrario de lo que se suele reseñar, me permitió degustar a un Prince domesticado pero inquietante todavía, capaz de capitalizar un funk de dibujos animados (“Partyman“), justificar un romance imposible con una balada desde las estrellas (“The arms of Orion“) o sublimar un striptease emocional con un derroche de orquestación y jadeos (“Scandalous“). Por mi parte, abrazando incondicionalmente la constelación principesca, sin razón, por el mero placer de sentir el calor más de cerca, me aprendí de memoria la letra de ese artefacto (que hasta salió de primer single) llamado “Batdance“. Humilde contribución del barrio a la pista del ritmo, síntoma evolutivo del melómano quinceañero en busca del funky. Un coñazo para los que estaban a mi lado, básicamente.

Ella le odia, siempre le odió, pero una vez Sinéad O’Connor llevó hasta el infinito (y más allá) un tema de Prince que Prince no había editado (se lo había cedido a The Family, la banda que éste se inventó a mediados de los 80 para que se luciera su amada Susannah) y que a mí me sirvió de excusa una temporada para inventarme historias de desamor que nunca tuve con chicas con las que ni siquiera intercambié o intercambiaría unas palabras. Origen de fantasías y punto de fuga. Una visión, más que versión, implacable, en cualquier caso.

Lo mismo me enamoraba de Sheena Easton que me obsesionaba con las melodías sinuosas y excitantes de Clare Fischer (como fue Gil Evans para Miles Davis); tanto las que, en general, dibujaban pompas de glamour en el disco “Parade“, como las que, en particular, me electrizaban en esa epifanía aberrante que es “Scandalous“. A Paul McCartney también le debieron electrizar aquellos garabatos de Fischer pues decidió contar con ellos en una tremenda joyita, “Distractions“, a su manera, una rareza en el planeta McCartney, del álbum “Flowers in the dirt” de 1989.

Me exiliaba, cada vez con mayor frecuencia, al país de mi habitación y en una de esas escapadas me llevé, durante una buena temporada, el “Diamonds and Pearls” para que me hiciera compañía. Una colección impresionante de canciones que resumía la primera etapa (y más brillante) de Prince. Una bola de cristal imprevisible y comercial con la que se podía ver el futuro del hip hop en los próximos diez años.

Enfermo de Prince, completé su discografía que, todavía a esas alturas, no era tarea imposible, y le seguí el juego al mago, al escapista que se cambiaba de nombre, recopilando el material que le servía para cumplir el contrato que le unía (le hacía prisionero, según él) con la Warner. Sentí absoluta debilidad por “Come“, de 1994, que venía acompañado de una película promocional de lo más descacharrante. A mí me encantaba. Conseguí, ese mismo año, una miniatura en formato cd cargada de remezclas del sencillo “The most beautiful girl in the world“, la primera vez que el Príncipe se marchaba de la casa Warner, aunque volvería al redil un año después con “The Gold Experience“, todavía un disco apabullante, en la línea de “Love symbol“. En 1996 triplicó la apuesta para marcharse lanzando “Emancipation” y siguió desempolvando canciones del sótano durante mis erráticos años de Universidad. No me cambié el nombre, pero encantado hubiera firmado con seudónimo el título de la carrera.

En lo que a expectativas Prince se refiere esperábamos que algo grande ocurriera en 1999 y, por qué no decirlo, el nuevo máster de la canción en sus múltiples remezclas y ediciones no aportó las dimensiones que hubiéramos deseado. El delirio musical del año se titulaba “Rave Un2 the joy fantastic” y, realmente, tropezaba casi con los mismos errores, con los mismos aciertos, que los álbumes anteriores que recopilaban material añejo para completar catálogo: en general poca coherencia pero algunos temazos desperdigados por ahí. Aunque lo verdaderamente importante sucedería ese año en un plató de televisión cuando el Genio de Minneapolis se acercó al graderío, en la última canción del repertorio, una versión del “Everyday people” de Sly and The Family Stone, para sacar a bailar a parte del público. Ocurrió en el programa de música que tenía Miguel Bosé primero en la 1, después en la 2, el “Séptimo de Caballería“, donde lo más significativo (aparte de ser un programa musical en horario de máxima audiencia) era que los invitados (un revoltijo de estrellas bien sazonado) tocaban y cantaban en directo. Sin entrar en detalles acerca de mi fanática investigación para poder estar aquella noche en aquel escenario, lo cierto es que después de horas de rumores (que si al final Prince, por problemas de sonido, no saldría a tocar) y polémicas (si no recuerdo mal, Almodóvar le iba a entrevistar, pero Prince le fue dando largas hasta que Pedro se marchó, cansado de esperar) el concierto se acabó celebrando. La estrategia (?) de Prince por aquel entonces consistía en apurar la paciencia de los seguidores, retrasando horas su salida al escenario (nos hizo lo mismo en el concierto que celebró en la extinguida Aqualung). Alimentaba su leyenda estrambótica y engreída (fuera o no contra la empresa de turno que hubiera negociado su actuación) mientras nosotros tratábamos de guardar las fuerzas, por lo que pudiera venir. Salió Prince hecho una furia funky con “Prettyman” (el tema oculto de “Rave…“) y se nos olvidó el hambre y la sed. Lo demás, en plan torbellino, era un reconocimiento del Genio a sus raíces: el fulgurante himno, “Sometimes I feel like a motherless child“, que Prince se encargó de electrificar hasta el paroxismo utilizando la base de su “Love… thy will be done“, visto y oído a día de hoy es todo un derroche. La intensa noche culminó, en manos y voz de su socio de entonces, el mítico Larry Graham, con “The Jam“, del propio Graham (y sus Graham Central Station) y, la ya mencionada, “Everyday People“, de Sly & The Family Stone (banda donde también tocó Graham), con un desenlace en plan sueño: la mano de Dios rozándome el brazo y, con una sonrisa, enseñándome el camino (de la pista de baile). Éxtasis y ataque de nervios: pegar botes desatado por el escenario hubiera sido digno si no hubiera quedado grabado. Lo siento, es lo único que supe hacer.

Desde entonces creo que no conseguí recuperarme nunca del todo y, a lo mejor, Prince tampoco. Lo cierto es que aquella orgía terminó en distanciamiento (la culpa fue de los dos) hasta que encontré, en una pequeña tienda de discos de Gijón (o fue de Málaga, ya no recuerdo), “The Rainbow Children” y me entró el tembleque, más que ritmillo. Oscuro y religioso, el arco iris de Prince presagiaba que el cambio de siglo traía consigo un Prince más enrevesado y desubicado de lo que, incluso, había estado en la década anterior. Siendo un álbum magnífico como lo era, nuestra (y la suya) capacidad de sorpresa ya no era la misma. Había que admitir que Peter Pan era sólo una coartada y eso, todavía, podía resultar(nos) doloroso y cruel. De síndromes andábamos sobrados, claro, pero la exigente maquinaria de los días ya no nos permitía tirar de  ellos cuando nos diera la gana. La técnica Prince de jugar al despiste, cansina y tierna a partes iguales, me hizo amarle en el desgaste pero llegué muy justito de fuerzas a la música. Hastío, a mi pesar, que hizo que me perdiera algunos discos (a saber cuándo, cómo, dónde, fueron lanzados) o, tal vez, fueron ellos los que me perdieron a mí. Es inevitable (casi) y hasta necesario tomarse un respiro de las pasiones. Como los niños cuando cogen carrerilla para dar un abrazo.

Desde “N.E.W.S“, como aperitivo, y la resurrección publicitada de “Musicology” en 2004, hasta “20Ten“, Prince anduvo detrás del tono para, una vez que se dio cuenta que no lo encontraba, coger él también carrerilla. Pelín despistado, brillante y desfasado, así se mostró en 2014 cuando reapareció y nos dio su doble abrazo con “Art Official Age” y “Plectrumelectrum“. Mejor errático que silencioso. Sin tregua, como antes, volvió a renovarnos las ganas en 2015 con la primera parte de “HITnRUN“, un tremendo lío interesante; y la segunda entrega, que salió de improvisto, una delicia con reminiscencias de su lado más baladista, más cool, más jazz. ¿Y después, de improvisto?

Vale, sé que dicen que hay miles de temas en el sótano guardados, y sé que no paran de salir en la red un buen montón de vídeos cada día, pero ya no habrá nunca más canciones nuevas ni discos elaborados desde el desorden del Genio y su caos. Eso también lo sé.

Os dejo con la noche que el Príncipe me sacó a bailar.

 

 

 

 

 

 

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