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Los 30 mycrosurcos de 2015: 3ª PARTE y última (Álbumes del 10 al 1).

10. BOB DYLAN “Shadows in the night”

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Amenazaba Dylan con sacar un disco de versiones con temas de Frank Sinatra y en febrero de este 2015, el muy truhán, cumplió con su amenaza. Porque si maullando Dylan es capaz de versionar a La Voz y salir airoso del empeño, entonces es que la vida es más juiciosa de lo que parece. El desalmado  Dylan profana el legado de Sinatra con una clase abrumadora. Dulce pájaro de senectud que se pavonea del mito y se queda dormido encima del pie del micrófono. Pero no esperéis que se le caiga el sombrero. Un extraño disco triste que demuestra que Dylan se puede llevar a su terreno el repertorio que le de la gana. Buah, este tío sería hasta capaz de hacer un disco de villancicos… (?)

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9. THE APARTMENTS “No song no spell no madrigal”

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La voz del australiano Peter Milton Walsh (alma de The Apartments) tiembla como la llama de una vela. Sus canciones son tan bonitas como un vaso de buen vino en una fría noche de invierno. Crepuscular y traumado, “No song, no spell, no madrigal” si se escucha como se bebe, se siente como se debe. Es terapia y bálsamo. Es esfuerzo y relajación. Refugio y lumbre. Porque la vida también es catástrofe y temporal, por eso y sólo por eso, promulgamos la necesidad de discos que, como éste, reivindiquen la flor en la piel, el nudo en la garganta, la nieve en el asfalto. Uno sólo se muere de dolor si no canta.

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8. NATALIA LAFOURCADE “Hasta la raíz”

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Como una puesta a punto del corazón, “Hasta la raíz” no tiene precio, es un trabajo (para Natalia seguro) fundamental. Disco de ruptura sin resquemores ni venganzas que valgan. Un inteligente cuaderno de bitácora de las emociones donde (casi) no tienen sentido el victimismo o la culpabilidad, salvo como recurso narrativo: Legítimo, artístico. Maduro ejercicio de asunción de responsabilidades como si la vida pendiera de un hilo de cordura, buen criterio y, qué remedio, soledad. Mágica Lafourcade, construye su nirvana particular con las cenizas, antes de que se las lleve el viento. Anestesia y viaje. Dignidad y entereza. Sublime demostración de que un disco de exposición no tiene porqué ser ni cursi ni negativo. El término medio en la tristeza existe.

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7. KENDRICK LAMAR “To pimp a butterfly”

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To pimp a butterfly” es una obra capital, excesiva, nada maniquea. Un combate a golpe de canción, escupiendo rimas con rabia, contra la injusticia universal de nuestro tiempo. No se libra nadie, nada. Títeres sin cabeza. En lo musical, Kendrick Lamar no da tregua, no deja resquicios, toma el camino de en medio y si fuera un laberinto lo atravesaría en diagonal porque la salida le da lo mismo. Lo excitante de “To pimp a butterfly” es que no es (sólo) un disco de rap o de hip-hop, es muchísimo más. Está el funk de manicomio de los Parliament y el de los Funkadelic; está el pop negro de Stevie Wonder (en destellos, en retales de canciones); está Prince (claro); está el (free) jazz; están el soul y el fantasma de Tupac (literal); están los derechos civiles y sus contradicciones; están la cultura de usar y tirar y la cultura a secas; está la vida y está la muerte; está el sendero que lleva a la brutalidad; está la política y, por lo tanto, está Obama; están la rabia y la tremenda sensación de que, después de tantos siglos, nada ha cambiado demasiado; está Atticus Finch; está Michael Jackson; y por estar, hasta el diablo está. No es el corazón del ángel ni es un mesías negro, es un tío haciendo un disco tan lleno de vida que a veces hiere.

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6. LEO BUD WELCH “I don’t prefer no blues”

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Rocoso, primitivo, visceral, pantanoso, telúrico, eléctrico, rabioso, carnal, abrasivo, nuclear, libidinoso, tentador, rijoso, clásico, eterno, bailable… Adjetivar este álbum es un juego casi tan placentero como el mero hecho de escucharlo. Un infinito viaje por el curso de un río llamado Blues. En “I don’t prefer no blues” son vadeables hasta sus surcos, el temporal es un antojo y el caballero Welch manda al cieno este encargo blandiendo su guitarra. Se está poniendo tan de moda que se está convirtiendo en costumbre (no hay cantos sin cisne): apurar hasta el último trago de las Bestias (y ellas encantadas), lo cual le viene de perlas a la tradición de aporrear y aullar, de aullar y aporrear, de aporrear y… Qué más voy a decir: MANTEQUILLA.

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5. BILL FAY “Who is the sender?”

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Las canciones de “Who is the sender?” son enormes y pequeñas a la vez. Son magníficas y tristes. Y aunque el mar esté en calma, la tormenta va por dentro. Igual no te puedes poner este disco todos los días, a todas horas, de hecho no es recomendable, pero siempre que te lo pongas vas a saber lo que es bueno. El cobijo de “Who is the sender?” está más allá de las notas y de las palabras. Fay no disimula, ni falta que le hace a estas alturas. Su apuesta viene cargada de esperanza y su medio de transmitirla es el pregón. Sí, él es el sumo sacerdote y tú nunca pensaste que escucharías alguna vez misa con tanta devoción.

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4. D’ANGELO AND THE VANGUARD “Black Messiah” (salió en diciembre de 2014)

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D’Angelo decidió terminar, por fin, con el calvario y su condición de maldito. Después de casi 15 años de silencio musical sacó “Black Messiah” a mediados de diciembre del año pasado, en una extraña operación de marketing que le dejó fuera de todas las listas de los mejores discos de 2014 (cerradas en la mayoría de los casos en noviembre o a principios de mes). Concentrado en hacer un gran álbum, a la altura de “Voodoo“, D’Angelo hace juegos florales con la voz cuidando que esta vez el músculo esté más presente en el disco que en sus abdominales. El lujurioso sonido de “Black Messiah” se adhiere como un mantra y cohesiona los 12 temas sin que sepamos muy bien cómo escapar de su influjo, o calmar el ardor o atajar esta rabia. Un excelente y contenido disco de resurrección.

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3. JOE JACKSON “Fast forward”

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Como si acabara de empezar, el británico Joe Jackson va y lanza este “Fast forward” en 2015, un disco desbordante de calidad, con una energía setentera estimulante y, a estas alturas, inesperada. Es otra vuelta de tuerca para encajar la sabiduría del escritor (el que tuvo retuvo) en las cualidades del artesano. Un paso atrás para salir volando. Un circo de cuatro pistas en cuatro ciudades distintas con un maestro de ceremonias endiabladamente moderno, añorando el pop pero sin melancolía, dando esa mano de pintura culta al acabado de las canciones, para desinfectar lo rancio, lo previsible y lo aburrido. Trasnochados o no, desde mycrosurcos reclamamos las sorpresas que nacen y se alimentan del buen gusto; y de la consistencia de las canciones bien armadas. Una delicia la del señor Jackson, oiga.

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2. BENJAMIN CLEMENTINE “At least for now”

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Benjamin Clementine puso la nota chispeante al año musical. Sin unanimidad (ni falta que hace), su álbum “At least for now” provocó un buen montón de reacciones que le situaron en la cúspide pero con interrogantes. Fanáticos como somos en mycrosurcos de las obras imperfectas, con más aristas que redondeces, el primer largo de Benjamin Clementine se quedó a vivir para siempre con nosotros. Vino a rellenar el hueco de apasionada excitación por las obras de artistas que surgen de un lugar llamado leyenda. Con impúdica desnudez el británico se mostró asalvajado y lleno de callos. Los golpes estaban en sus canciones y las súplicas en su voz. Para colmo, todo nos remitía al cabaret y al melodrama. Un músico intenso sin término medio que exilió su arte a la bohemia francesa en busca de la emoción y la fragilidad. El disco con espinas del año.

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1. KAMASI WASHINGTON “The Epic”

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Si el disco de Benjamin Clementine explotaba y adquiría toda su dimensión cuando uno se imaginaba concibiéndolo a su autor en un club sórdido (noche tras noche), con un piano y encima del piano una copa de pastís; el de Kamasi Washington se expandía entre la multitud de la comuna venerando tanto el academicismo como la improvisación. Embriagados por el cosmos, la lírica de “The Epic” se reconstruye bajo un manto de planetas (el free jazz, el rap, la música electrónica, las baladas, el hip-hop, el bebop, el post-bop, el funk, las bandas sonoras de los setenta…) que, en consonancia con las estrellas (John Coltrane, Coleman HawkinsPharoah Sanders, Albert AylerThelonius MonkMcCoy TynerMiles DavisSun Ra, Lee Morgan, Art Blackey…), se alinean con la perfección y el sentido del ritmo. “The Epic” es una bacanal de pretensiones descomunales (tres discos, tres horas). Su orden se basa en la desproporción de las cosas. Cada instante tiene el aroma de las grandísimas obras del jazz moderno con sus pequeñas dosis de “nosotros no hemos inventado nada pero, qué coño, a disfrutar de lo heredado”. Es la humildad disfrazada de pedantería en un impresionante fresco de cadencias. El jazz del presente se asoma a las revistas de pop y electrónica para encabezar esa propensión diletante del hombre a crear tendencias. A pesar del cerebro, está la carne. “Seven prayers” es la balada sensual y “Re run” la base para un numerito de striptease. Hay jazz vocal y hay “Claro de luna“. Y, como ocurre en el “Black Messiah” de D’Angelo y en “To pimp a butterfly” de Kendrick Lamar (socio de Kamasi), hay política y está Obama. “The Epic” es el medio de transporte para cruzar al otro lado, a cualquier lado. Puedes disfrutarlo si amas el jazz o si lo estás empezando a amar. Y puedes imaginar casi cualquier cosa si cierras los ojos y te regalas tres horas de tu tiempo para, simplemente, escuchar.

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