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Kamasi Washington “The Epic”: De viaje en globo y de tu primer jazz.

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Calificación: * * * * 1/2

Sello: Brainfeeder

Año: 2015

Las huellas de los maestros, sus pautas, pueden servir para fabricar monumentos tremendamente originales, sin haber tenido que inventar nada. También esas pautas, en los dedos, en las manos, en las bocas inadecuadas, pueden dar lugar a desastres monumentales, creyendo, incluso los incautos, haber inventado algo. Cargarse de un soplazo las enseñanzas es una habilidad universalmente reconocida; pulir y embellecer las normas, una provocativa manera de sobrevivir entre las sombras, en vilo.

Muy John Coltrane, muy Coleman Hawkins. Muy Pharoah Sanders, muy Albert Ayler. Muy Thelonius Monk, muy McCoy Tyner. Muy Miles Davis y muy Sun Ra, por supuesto. Una vez que el joven artista asume la influencia de los dioses y los héroes en su dieta diaria musical, pasado el prudencial periodo de probaturas, llegan las comparaciones funestas que, en el mejor de los casos, se apartan a un lado para dejar paso al sincopado ritmo de los que, tocados por la barita mágica de la excelencia, se inventan obras provocativas/provocadoras como si  ese instante de la creación hubiera estado ahí, esperándoles a ellos, toda la vida.

Kamasi Washington tiene 34 años y proviene:

UNO: de la inquietud musical de su familia. Su madre, una flautista ocasional, reconvertida en profesora de ciencias; su padre, un saxofonista de sesión reputado con una banda propia de gospel fusión.

DOS: de los suburbios de Inglewood, California, y de la decisiva influencia de su primo mayor, que le puso en la órbita de la música que hacían Lee Morgan y Art Blakey; decisivos ambos para forjar el estrecho vínculo entre Kamasi y el saxo tenor (la primera vez que lo sopló fue a los 13, aunque al principio su instrumento fue el clarinete), para salir de una vez del terco influjo de las pandillas.

TRES: de la prestigiosa Academia de Música de la High-School de Hamilton en Los Angeles.

CUATRO: de sus estudios de “etnomusicología” en UCLA.

CINCO: de sus dioses.

SEIS: de las primeras oportunidades gracias a los contactos de su amigo de la infancia, el productor de jazz y hip-hop, Terrace Martin. De esta manera pudo Kamasi empezar a soplar para Snoop Dogg, Rapahel Saadiq, Lauryn Hill, Chaka Khan, George Duke

SIETE: de sus héroes.

OCHO: de los submundos musicales, tan en boga en la actualidad, que son los colectivos. A principios de siglo veintiuno, apadrinados por el batería, Bill Higgins, Kamasi forma junto al pianista Cameron Graves y los hermanos, Ronald Bruner Jr. (baterista) y Stephen “Thundercat” Bruner (bajista), los Young Jazz Giants, que grabarían su primer y único álbum en 2004. A pesar de las idas y venidas ninguno de los cuatro dejaría ya de estar vinculado entre sí. The Next Step y West Coast Get Down son las formaciones en las que los cuatro Young Jazz Giants están hasta las manos implicados.

De estos antecedentes surge la incandescencia de la música que contiene “The Epic“, el totémico álbum de debut de Kamasi (triple, de casi tres horas de duración) para el sello de su amigo y compañero de alegorías Flying Lotus,  multifacético músico de California, pariente lejano de John Coltrane. Antes que Lotus, Don Was, presidente de Blue Note Records, ya le tentó para publicarlo en su discográfica, pero Kamasi, comprometido con sus proyectos y con sus amigos, decidió publicarlo en el sello, Brainfeeder, de Lotus. Más que un álbum, “The Epic” es un derroche de talento y energía al servicio de un jazz desbocado y mágico, concebido para que se alimenten la imaginación y los buenos sueños con los ojos abiertos. Un paseo por el país de los alucinados que empezó a fraguarse en 2010 y que, espoleado por la pausa-puente creativa que supuso la implicación de Kamasi (tocando y arreglando) en el álbum de Kendrick Lamar, “To pimp a butterfly” (otro monumento de la música negra de este año), ha dado como resultado el acabado galáctico de “The Epic“.

La cinematográfica y setentera orquesta (fogonazos de la blaxploitation y del “Curtis” de Curtis Mayfield) y los coros celestiales (Como obertura “Change of the guard” no se anda por las ramas) empatizan rápidamente con la fábula y la epopeya que preconiza Kamasi en mitad de un turbulento océano de vanguardias y raíces africanas (“Askim” pulula en la tradición). La inherente capacidad de seducción de la mezcla proporciona el bálsamo necesario (“Isabelle“) para el neófito que, esperanzado en que la relación establecida por el dios de las redes, entre Lamar y Washington, y que le ha llevado hasta “The Epic” de como resultado algo de hip-hop, algo de rap, algo de música electrónica; mantenga la curiosidad, siga en play y no pase a la siguiente.  Aprovecha entonces el joven que tiene su primera experiencia con el jazz, arremolinados como estamos él y yo, en torno al fresquito que proporciona el caleidoscopio y la impertinencia de los teclados que presiden la escena, para dudar de los ritmos latinos (“Final thought“) y de las glamurosas capas de clasicismo con sus necesarias dosis de estridencia y epílogo entre cantos de sirenas en Manhattan (“The next step“). El pobre lleva casi una hora esperando. Y en esto que llega la calma vocal. Sonríe el joven que quiere aprender a escuchar jazz, más habituado al soul con letras, cuando tiene que reconocer (la voz de Patrice Quinn ayuda a que se relajen las expectativas) que para llegar a lo bello a veces hay que desbrozar lo convencional. THE PLAN.

La mariposa vejada de Lamar es en “Miss Undestanding” una mariposa que revolotea a ritmo de post-bop flirteando con la estela de la libertad que van dejando, como si no hubiera un final para cada mañana, la kermés de los instrumentos. Atascado con la melodía de “Leroy and Lanisha” sin poder salir, Kamasi opta por la simbiosis con la trompeta de Igmar Thomas en un acto de algarabía por la gloria del amor. Compenetrados en el estribillo, ajenos a las interferencias, no se esperan los vientos que el piano de Cameron Graves se pavonee, saltándose algunas notas, como si no importara. Lúcido en las improvisaciones las teclas se vuelven Cupido al retomar el diálogo los enamorados. A la carrera, dejando que fluya la psicodelia entre el humo y el río Kamasi, el baile se queda prendado con “Re Run“. Ondean los tejidos sinuosos y los cabeceos del personal dinamitan el trance. Trance que tiene su continuidad en “Seven prayers“, la escalofriante pieza que da sentido a la juiciosa fama de etérea sensibilidad de las baladas en el jazz (“The gentle side of…“). Es la lluvia después de la tormenta, preámbulo de la estrategia vocal (Patrice Quinn de nuevo) de “Henrietta our hero“. Lúcida, reivindicativa, solemne. Un nuevo antecedente para la eléctrica emotividad de “The Magnificent 7“. Fin de este segundo bloque, THE GLORIOUS TALE.

La última parte, THE HISTORIC REPETITION, cede en pretenciosidad y hace de la banalidad un divertimento exquisito. “Re Run Home” se desprende de la psicodelia y se abraza al funk curativo. Son 14 minutos de carnalidad poco o nada dosificada. Un paraíso de excesos que amenaza el purismo y la propuesta singular. Patrice Quinn, tratando de robarnos un suspiro, coge el micro y, como si de una jam se tratase, se llena de groove para cantar el estándar de Ray Noble, “Cherokee“. Pista que sucumbe a una noche de verano, bises y festival de jazz. Sí, “Clair de lune” es una versión de Debussy. Sí, es una temeridad que avanza prodigiosamente hacia la excelencia. Casi de puntillas, evitando profanar la naturaleza de la original (ya se sabe el peligro de manosear la música clásica en general), Kamasi consigue que nos olvidemos de la religión y abracemos un agnosticismo radical con los pies descalzos, a la orilla del mar, cuando entran los coros (a los 4 minutos de canción) para hacernos perder la noción del tiempo y generar una adictiva sensación de zozobra. En “Malcolm’s ThemeKamasi Washington renueva el espectacular maridaje del Elogio, que hizo Ossie Davis en el funeral de Malcolm X (dueto de Patrice Quinn con Dwight Trible), con la melodía circular que el trompetista Terence Blanchard compuso para su “The Malcolm X Jazz Suite“, en 1993. Una pieza del todo política, justificada en este tercer acto, en la tercera parte de esta Epopeya, tan dogmática como necesaria. Finalmente “The message” rompe con el hechizo de la dorada utopía. Una llamada de atención exigente que nos recuerda que siempre vivimos al otro lado del limbo (por muchos limbos que haya). Impregnada, sin embargo, del sol de la Costa Oeste (y de una coda que se embadurna de la transición que va del “Superwoman” al “Where were you when I needed you“, de Stevie Wonder), “The message” es dulce y enmarañada. Polimorfa y repetitiva. Causa y defecto de una exhalación de vida y deseo después de que la promesa de Kamasi Washington de llevarnos de viaje en globo se haya hecho realidad.

Hace ya tres horas de casi todo y tanto el joven que tiene su primera experiencia con el jazz como yo lo tenemos bien claro. Volveríamos a repetir.

* Regular, * * No está mal, * * * Bueno, * * * * Buenísimo, * * * * * Discazo

Un comentario el “Kamasi Washington “The Epic”: De viaje en globo y de tu primer jazz.

  1. Fernando
    febrero 7, 2016

    Gran disco! Toda la música negra y mucho más presente en esta atrevida primera obra como líder de este artista. Hacia tiempo que no se creaba música tan fresca y con tanta alma!

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