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Nick Cave: y los asnos vieron al diablo en el patio de butacas.

Madrid, 22 de mayo,

Quiso el azar que el concierto de Nick Cave y sus secuaces (Warren Ellis, Martyn Casey, Thomas Wydler y Larry Mullins) coincidiera con lo que podía haber sido el fin de fiesta de algún partido político en vísperas de las elecciones municipales y autonómicas. El lugar, el Palacio Municipal de Congresos de Madrid, esta vez cedió su escenario al rock’n’roll dejando para otra ocasión los mítines y los himnos electorales. Gonzalo, audaz y sensato alfareño que vino con nosotros al concierto, nos motivó y nos dio pie entonces a iniciar esta crónica cuando, viendo el recinto a rebosar, dijo: “hoy el señor Cave le ha fastidiado el cierre de campaña a algún partido.” Fijo.

20150522_211019 Lo peor y lo mejor que podemos decir de la velada del viernes es que Nick Cave se lo pasó en grande alternando repertorio intimista y bestial, jugando a ser el mesías y el seductor, con un público entregado que alucinaba (alucinábamos) con la humanidad de la estrella, una humanidad que lo mismo le dejaba a merced de nuestros hombros y nuestros brazos, para auparle en medio de la platea, que le dejaba en evidencia frente a la ironía de Warren Ellis, ese fulano, su mano derecha, que pasó tres kilos de levantarse de la silla en toda la noche. Con su cara de diablo y esa frente “en la que caben un millón de cuernos” (Bellido, el genio que se fue huyendo del cine y se encontró con Wroclaw, nos acompañó a Gonzalo y a mí, no sólo para agitar la cabeza, repartir abrazos y soltar berridos en el concierto, sino para dejar unos cuantos titulares como ese e invocar a las sirenitas, “Mermaids“), el australiano no tardó en comenzar a disparar con una pistola de dedos latidos de corazón entre las primeras filas para que acudiéramos junto a él, al pie del escenario. Sin duda, todos los que nos acercamos, hipnotizados, intuíamos lo bien que se podía estar en el infierno de Cave un rato: boom boom. 20150522_213133 Brillaron los trajes, las barbas y las pajaritas. Brillaron las bombillas que pendían del techo y el martillo pilón de Warren. Brillaron también el xilófono mudo (con caída incluida) y las cejas del jefe. Brillaron, sobre todo, las canciones,  el inmenso collage de un repertorio errático (“Breathless“), atropellado (“Push the sky away“), magnético (“Jubilee Street“), salvaje (“Up jumped the devil“), emocionante (“The ship song“), infalible (“Into my arms“), apocalíptico (“Higgs Bossom Blues“), introductorio (“We No who U R“), nostálgico (“Black hair“), perverso (“Stranger than kindness“), agobiante (“The mercy seat“), trágico (“People ain’t no good“), imparable (“Red right hand“), cazurro (“Jack the Ripper“), romántico (“Love letter“), intenso (“From her to eternity“), elegante (“The weeping song“) y poderoso (“Tupelo“).

Y  brilló la certeza de que cuando un micrófono encendido estorba encima de un piano de cola lo mejor es tirarlo al suelo.

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Esta entrada fue publicada en mayo 25, 2015 por en Los bises de mycrosurcos y etiquetada con , , , , , , , .
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