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BENJAMIN CLEMENTINE “At least for now”: Maravillados por ahora.

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Calificación: * * * * 1/2

Sello: Universal

Año: 2015

Benjamin Clementine es un artista desbocado que sigue tras la pista de Nina Simone y Boris Vian. Como ya hiciera Antony Hegarty a principios del año 2000, la personalidad extrema de una voz de otro planeta y la presencia imponente de un físico de superhéroe de Benjamin adoquinan el camino para conseguir llamar la atención de un mercado previsible y necesitado de excéntricos brillantes. La profundidad del quejío y el recitado se apoderan de un álbum de debut perturbador e inquietante alejado de los recursos trillados y de las atmósferas alienantes de una industria comercial asmática.

Preso de las especulaciones biográficas, Benjamin no es sólo un contrapicado o un gran angular. Sus recursos expresivos, melodramáticos, le sitúan en primer plano delante de un piano en un tugurio cargado de bohemia y perdición desbrozando la flor de la piel. La emotividad le hace tan huraño que hasta parece frágil. La fiebre trémula de una voz en el cable despeja las dudas del cálculo en favor del ímpetu juvenil. El espíritu burlón de los dedos en las teclas nos introduce en una pasión de cabaret con sombríos arreglos de cuerda. A las llamas del corazón arroja Clementine la pulsión de los dictados de la furia con sorpresa.

Con las trampas del cartón, “At least for now” suena europeo y africano, romántico siguiendo los cánones del dolor desnortado, sagaz en las mixturas que le emparentan con Paolo Conte y lírico, tal vez, como suenan los líricos ahora. La sublime producción que domestica a la fiera no consigue, sin embargo, dibujar del todo un sol en este cielo encapotado de estructuras idealizadas y letras exageradas. Todo suena en mitad de un torbellino. La celebración del advenimiento de un mito que emerge de los suburbios, se patea la calle, duerme en el asfalto… Porque Benjamin escupe canciones de cloaca que se disfrutan mucho más concentradas, en vaso pequeño, apuradas de un trago.

Sólo con el drama, el romanticismo y la intensidad de los dos primeros temas del álbum, “Winston Churchill’s boy” y “Then I heard a bachelor’s cry“, se pueden dar por satisfechas todas las esperanzas, por justificados todos los elogios, que Benjamin Clementine ha despertado en estos últimos meses. Opereta kitsch (“Adios“) o teatro pop (“London“), son algunos de los expresivos recursos de esta epidemia que arrasa a la complejidad para transformar con destreza, en unos hermosos arreglos pop, el desenlace de la balada “The people and I“. De consecuencias emocionales absorbentes, “Cornerstone” no frena hasta que deja bien claro la densidad del solitario que clama por su (un) hogar en este desierto de corazones de hormigón que es Europa. El vals electrónico de “Condolence” pone en tela de juicio la rareza de la propuesta general actualizando y revisitando las enseñanzas de Nick Drake y Leonard Cohen. “Nemesis“, en consonancia con Tom Waits, es un single trufado de soberbia y primitivismo. Y aunque la amenaza se cierna sobre el lúgubre magma sonoro e invada el desenlace de “Quiver a little” y “Gone“, para solaz de los afectados, la alegría que nos produce estar ante uno de los mejores álbumes del año bien vale el esfuerzo de reconocer que nos comportamos como niños aún dentro de la compasión.

 

* Regular, * * No está mal, * * * Bueno, * * * * Buenísimo, * * * * * Discazo

 

 

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