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TWEEDY “Sukierae”: Gracias, Tweedys.

16532-sukierae

Calificación: * * * * *

Sello: dBpm Records

Año: 2014

Sin llegar a despertarnos grandes sensaciones en la primera escucha, “Sukierae” consiguió, al menos, llamarnos la atención por su languidez y su torrencial listado de canciones. El confortable aroma country de las composiciones de Jeff Tweedy nos sugería el final del verano y también el invierno cerca de una chimenea. Sabíamos que había sido compuesto e interpretado en torno a la familia y la enfermedad, lo cual nos puso en alerta: esa peligrosa tendencia a quedarse ensimismado delante del espejo. Pero si algo grande tiene Jeff Tweedy es que no suele escamotear en lisura y siempre trata de darle una vuelta de tuerca a una supuesta bella melodía: o la desnuda, para no caer en la tentación de los arreglos empalagosos, o se empeña en grabar entre nieblas atmosféricas y nubes de guitarras.

Sukierae” es un derroche de sabiduría pero no lo parece. Camuflado como un disco menor (el típico disco para soltar lastre, para separar etapas, para descansar de la presión que supone tener una gran banda…), en realidad ocupa el cielo. Tweedy, empeñado en desbarrar, lo único que sabe hacer, el pobre, es componer unas canciones excelentes que no miran atrás, a la mejor época de Jeff en Wilco. Es lógico, desde nuestro punto de vista, y honrado, desde el suyo, aceptar que “Being there“, “Summerteeth” y “Yankee Hotel Foxtrot” son discos del pasado y que uno sólo puede palidecer al tratar de reeditarlos. Y es que, además, apremia el tiempo. El sudoroso pájaro de juventud (de la contraportada) se ha transformado en un señor sentimental que sale de gira con su hijo (lo hace Tom Waits y cualquiera se atreve a rechistar) para ahuyentar fantasmas, tirando de un catálogo honesto en el que irradia su poder la tristeza, tan decisiva como la metodología de The Beatles aplicada (“Sukierae” es el “Álbum blanco” de Tweedy, dejémosle respirar) o el esfuerzo del cabizbajo guitarrista que, para no empeorar la curvatura de la giba, lanza hechizos de belleza y distorsión, de distorsión y magia, de magia y tedio, para no quebrarse aún más. Alma inquieta que ha cometido el delito más grave, hacer un álbum de largo recorrido, capaz de paralizar el tiempo, de requerir de la atención para escucharlo.

Con lo fácil que resulta volar en los sueños… Pues eso. Para qué esconder nuestra admiración por la ternura, agitada entre los momentos inesperados, y sobreponernos, y vivir felices cambiando la cara de los discos. ¿Altibajos? Pues como la vida. El que no compone no divaga y el que no divaga no compone nada. Lo mismo sirve para respirar con armonía que para agitarse entre las turbulencias del corazón. Porque si Jeff Tweedy es el ángel anunciador de nuestra próxima derrota que se tome su tiempo, que coja la guitarra y apriete fuerte el micro. Que silbe, anticipando el duelo. Que se estremezca para que nos estremezcamos y que traiga a su hijo (Spencer), si quiere, o a las chicas de Lucius Band (Jess Wolfe y Holly Laessing), que todos caben en nuestra elegía.

La furia y la intrascendencia con la que “Please don’t let me be so understood” abre el álbum deja paso al otro Tweedy, al del remanso de paz de “High as hello“. “World away” es repetitiva, hipnótica, con la batería de Spencer bien palpitante. “Diamond light pt.1” es escapista y atmosférica. Contiene una ligera psicodelia que gira sobre su eje y, de repente, se para y vuelve a girar. Jeff Tweedy la maltrata y la mima. La maltrata y la mima. Pero no hay que olvidar que Jeff está aquí para encontrar la perfecta melodía y “Wait for love” es un tierno vals campestre que nos acerca a esa certeza. Y llega “Low key“, proteico single con un estribillo alucinógeno (y unos coros…). “Pigeons” es el caballo de batalla del relleno. Y qué relleno. Ensombrecida su belleza por las capas de teclados que anticipan las frecuencias raras de “Slow love“, donde Tweedy coincide con Leonard Cohen, o eso queremos nosotros imaginar: “Slow love is the only love“. El mantra vira hacia la zozobra y la calma para volver a retomar el canto de sirenas: “No love is the only love“. “Nobody dies anymore” parece añeja. Fluye oscura como si nunca quisiera llegar a ningún estribillo. Tweedy musita como si cantara realmente. Para qué dejar de respirar si se puede hacer sin coherencia cardiaca. “I’ll sing it” anticipa el final del primer acto con un estribillo que reivindica salirte de la rutina.

Trastocados por los revolcones, “Flowering” se somete al dictado de la dulzura o al juicio del descarte (Si es que el “Álbum blanco” de The Beatles es una obra maestra precisamente porque no es una obra maestra). “Desert bell” da la razón a los descreídos. Los alucinados no podremos abandonar ya la duermevela. “Summer noon” es una canción tan magnífica que parece imposible que sea tan sencilla. Sin estribillo, toda su fuerza se basa en la progresión de la segunda vuelta. Majestuosidad austera. “Honey combed” nos hace soñar con la improvisación enlatada. Tampoco hay estribillo. Sólo el fru-fru del bronce, del acero, y la mecedora de las cuerdas vocales. El resto, lo que queda hasta tocar la piel, lo pone “New moon“. Un abrazo, a estas alturas, con caricia y arañazo eléctrico. Temeroso por el daño, la termina de sopetón para que no tengamos que acudir a las urgencias. El abrazo interrumpido de la luna nueva contrasta con la subterránea imaginación de “Down from above“. Toma ya. No teníamos suficiente. Porque “Where my love” o tiene alas o es un pez. Imprescindible, evocadora. Si la ingravidez es una canción, se parece a esto. Pero vuelve el alquimista, “Fake fur coat” es tan pura que te puede matar. Y “Hazel eyes” es la última canción que un padre le puede escribir a su hijo antes de que éste crezca irremediablemente. Y pensar que el disco se está acabando…

I’ll never know” es fantasmagórica. Un infarto tranquilo, en la cama. Es hermosa y penetrante. Razones de más para vivir, para llegar al cambio, al verso, al estribillo.

Por eso, y sin darnos cuenta, nos hemos puesto a llorar de alegría. Por eso, y sin darnos cuenta, “Sukierae” se ha convertido en un gran amigo. Por eso, y sin darnos cuenta, todos los motivos que nos llevan a desconfiar del ser humano, durante setenta minutos, se desvanecen gracias a Tweedy.

Nos íbamos a quedar cortos, pero qué coño, le damos todas las estrellas que tenemos!!!

(Os dejamos esta delicia: el concierto íntegro que Jeff y sus secuaces dieron en el BAMBrooklyn Academy of Music el 23 de septiembre.)

* Regular, * * No está mal, * * * Bueno, * * * * Buenísimo, * * * * * Discazo

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