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PORTISHEAD

Madrid, 18 de julio,

20140718_225535Lo increíble no es que Portishead no hubieran venido nunca a Madrid, lo increíble es que lo hayamos soportado. Expectantes e inquietos porque el recinto elegido generaba ciertas dudas con respecto al sonido (miedo al Palacio de los Deportes), nuestros temores resultaron infundados cuando sonaron las primeras embestidas de “Silence“, después de la introducción portuguesa de Claudio Campos, tal y como lo hace “Third“, su último álbum. Cabezones y milimétricos, con una sobriedad que acaba empastándose con la coherencia, el trío de Bristol (en este caso acompañados por tres fieles escuderos: un batería y 2 creadores de atmósferas) se propuso anoche alcanzar la perfección de las máquinas, aprovechándose de ellas, y de la inquietante voz de Beth Gibbons. Ese, junto con la siembra de la claustrofobia, parecen ser los objetivos fundamentales de Portishead para manejar nuestra voluntad. La meticulosidad y la repetición entrenan el músculo. Eso quiere decir que nada de codas interminables. Lo que queda al final es una música desalmada de finales abruptos. Desconsuelo al desconsuelo. Otra forma de entender la música. Otra forma de entender el pop.

Adrian Utley parece un virtuoso guitarrista de jazz que se aburre entre tantos cachibaches. Cuando mete el riff la música seshot_1405712859485 convierte en la banda sonora de un thriller o de una de miedo. Geoff Barrow sabotea los samplers con su reinterpretación en directo hasta desfallecer. Scratchea en contadas ocasiones para situarnos en un tiempo de discotecas y Trip-Hop. Y Beth Gibbons, pues Beth Gibbons es otra cosa. Ella podría estar en casi cualquier banda del mundo. Puede cantar lo que quiera. Modula, se esconde, se regula. Su trémula voz finge la carnalidad de las máquinas como si Bessie Smith regresara del pasado. Seguramente si esta mujer me secuestrara no me importaría.

Fue tan brillante lo que vivimos que nada de lo que hizo Portishead anoche se conforma con la cumbre. Como consecuencia del sobresaliente nosotros nos quedamos alelados (“Roads“), fríos (“Chase the tear“), enamorados (“Wandering Star“).

Incluso el desgarro se puede premeditar.

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