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Jorge Drexler: Bailar en la esfera.

Madrid, 3 de julio,

Quiso Drexler la otra noche que el Circo Price fuera una fiesta y, cosa poco habitual en sus conciertos, prescindir de las Ibutacas en el patio para favorecer el baile. La elegancia del reconocimiento, cuyo cénit fue la reverencia ante Prince en la ceremonia de los Oscars en 2005, le llevó anoche a, nada más salir (y nada más terminar), valorar el esfuerzo de los “leones” por pagar la entrada. El signo de los tiempos. Estrechando vínculos entre el disco y el directo, el grupo de trabajo de “Bailar en la cueva“, incluido el productor Carles “Campi” Campón y el co-productor Sebastián Merlín, se encargó de escoltar a Drexler en el escenario desde el sonrojante y divertido baile inicial (exceptuando el tramo central con guitarra y voz) antes de atacar el tema que da título al nuevo álbum. Toda una apuesta por acercar la trama al desenlace.

Sucumbiendo al primitivo poder de la percusión y a ciertas sutilezas electrónicas, el repertorio se centró principalmente en las novedades (8 temas de “Bailar en la cueva“) y en “Eco” (5 temas), aunque se rescataron el inédito “Cai creo que caí” (que sirvió de punta de lanza en el pregón de Cádiz de 2013), un “lento” con solera, “La luna de espejos“; y una versión inesperada, por lo bien que ha aguantado el paso del tiempo, de “La edad del cielo“. Tratando de intimidar al cancionero más doloroso con una colosal bola de espejos (sólo la hermosísima “Sanar” se libró de la escabechina), Drexler no paró de incitar al baile, desmintiendo su propia teoría en “Don de fluir” (“Los músicos no bailamos…”), o de ponerse juguetón, haciendo un paseíllo de vientos a “Las transeúntes“.

II

Hablando de las nuevas, sucede que “La luna de Rasquí” alcanza una dimensión desconocida después de saber la historia que la generó; que “Bolivia” es, simplemente, un monumento; y que “Universos paralelos” es un hit instantáneo. “La plegaria del paparazzo” busca con un contundente sonido de rock elevar la presión del candombe. “Data data” tiene ese endiablado ritmo que te hace creer en la bien avenida convivencia entre el jazz-funk americano y la música en español, aunque no sonara del todo divina. Por cierto, aprovechando la estela: para cuándo un Ariel Rot, trasunto de Marc Ribot, en un disco de Jorge Drexler.

Casi al final, cuando tampoco había sillas ya para los de la grada, subió al escenario el dúctil Charlie Bautista, reputado músico de la escena patria que se animó a puntuar la belleza de la fiesta con sus teclas. Orgía de sensatez toda la noche, malacostumbrados como nos tiene Drexler, que por desdicha o inevitablemente sufrió los rigores del karaoke (me hago viejo, esto sí que es inevitable), empañando los derroteros de la magia. Todo un lastre tener que hacer el esfuerzo de escuchar a Drexler cantando en un concierto de Drexler.

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