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Hogar también son los discos.

Vale, cuando uno se marcha no necesariamente tiene por qué volver. Sin embargo hay motivos, de índole sentimental en su mayoría, que nos impulsan a sentir añoranza por el lugar del que salimos con la maleta, más o menos, hecha. Sin tratar de desentrañar la grandeza del término hogar, está claro que todos inventamos uno. Cada cual, luego, que se reserve los rincones y el techo en la memoria a los que el corazón le lleve.

No tener ganas de volver, por tanto, se convierte en un misterio basado en el dogma del aventurero o en la reivindicación del reo. Legitimar la huida tanto como el bloqueo creativo, salvaguardar el individualismo por encima de las tendencias y las recomendaciones. Escapar no es malo, lo malo son las ganas que te entran de volver.

Siempre hay rutinas con horarios, pero también está tu cama. O fruslerías del tipo, “echo de menos las cañas bien tiradas”, que son la perdición del que se marcha. Echarse a perder, menudo tema.

Volví a casa (una que no es mía, pero que me acoge) hace dos semanas después de una larga estancia en otra ciudad (acogedora, también, sin ser, tampoco, la mía). Dividido y agradecido, calmé las urgencias del regreso mirando la bolsa con la ropa sucia y entonces pensé en lavadoras. Pero no quise hacerme sangre. Me inventé un ovillo de necesidades y creí sentir el aroma a lavanda del suavizante ese que compro en el supermercado. No opuse mayor resistencia, pues estaba anestesiado por el cansancio. Vaya, me descubrí, el motivo de mi viaje no fue la huida sino el intercambio comercial.

Tuvieron cabida entre los anhelos mi mujer y nuestra gata, Kelis, por supuesto; y puse fecha (inamovible) a la quedada con los amigos en el bar. Quise alejarme del mar a costa de poder pasear con mi hermana. Aunque casi me arrepiento (y doy media vuelta) nada más infiltrarme entre el tráfico de esta ciudad (la que sí que es la mía).

No hubo fiesta de bienvenida, pero me colmaron de besos, abrazos y lametones hasta el punto de las lágrimas de cocodrilo. Y mi padre, para no perder la costumbre, me echo de más con su “Ah, pero si estás vivo”.

A pesar de los vaivenes conseguí adocenarme y seguir anestesiado viendo la final de la Champions. Después, hartitas ya del 4-1, mi mujer y Kelis se fueron a la cama. Rendido de cervezas me aseguré del silencio y la soledad cerrando algunas puertas, DSC06460apagando algunas luces. Me hice con los auriculares que estaban guardados en el cajón y encendí la cadena. Repasé el orden y los géneros. Disfruté del paisaje de algunas de las portadas que elegí al azar, tratando de postergar la decisión de aventurarme en ese disco infalible que…

Por fin estoy en casa.

 

 

 

 

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Esta entrada fue publicada en junio 4, 2014 por en mycrosurcos a 45 rpm y etiquetada con , .
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