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VAMPIRE WEEKEND “Modern vampires of the city”: Brumas de Nueva York.

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Calificación: * * * 1/2

Sello: XL Recordings

Año: 2013

Un poco de lío sí que tenemos. Y es que estos chicos de Vampire Weekend, cuyo primer y homónimo álbum data de 2008, siguen sonando la mar de bien pero, como ya nos ocurría con sus dos primeros LP’s, quizá las expectativas están por encima de los resultados. Además, ahora que se han puesto más intensos y crepusculares, añoramos su jolgorio pasado de revoluciones, aunque a la vez y para contradecirnos, pensemos que su evolución suponga un evidente paso adelante. Vaya.

A falta de grandes nombres norteamericanos, en clara competencia con los canadienses Arcade Fire (en lo más alto del podio, para nosotros), y con los escoceses Franz Ferdinand (que últimamente están desaparecidos), Vampire Weekend presentan sus credenciales como gran banda madura de la década con este, su tercer disco, “Modern vampires of the city“.

Ojito derecho de cierta prensa especializada, los Vampire han tratado de salirse de las premisas que establecieron en los dos anteriores: canciones pop de energéticos ritmos, influenciadas descaradamente por la etapa “Graceland” de Paul Simon de mediados de los 80. Dejando, no obstante, alguna que otra estela  para que no nos olvidemos de cuáles eran/son sus señas de identidad, las que les hacen reconocibles, los nuevos Vampire se adentran en caminos apenas transitados anteriormente con medios tiempos y cierta sinfonía pomposa. En ese tránsito, en esa búsqueda de la originalidad, a veces se quedan en tierra de nadie, como sucede con la sosa “Hannah Hunt” y con la fallida “Everlasting arms“. Después intentan recuperar el terreno perdido haciendo el indio para divertirnos en “Finger back” y en “Worship you“. Dos de las canciones que más recuerdan a “Vampire Weekend” y “Contra“. (“Diane Young” directamente es un rock’n’roll impostado y sin tupé).

Se la juegan con ciertos arreglos en su afán por ser tremendamente originales: No acaba de convencernos ese final celta de “Unbelievers“. Y son capaces de cargarse una gran canción como “Ya Hey” con esas voces electrónicas y apitufadas (como esas voces de otro mundo que aparecen en “I hear a new world” de Joe Meek) cantando en latín Ut Deo (“para Dios”) en el estribillo de la canción. Pilar fundamental de una decepción (síntoma inequívoco de su incipiente madurez) que sobrevuela la temática de todo el álbum, “Ya Hey” es, como ya han puntualizado muchos medios, una canción fundamental en la que, mediante un reproche nada velado, Ezra Koening pone en tela de juicio la labor del supuesto creador de todo esto a través del fuego y de las llamas.

Concienciados con  la importancia de empezar muy bien un álbum, sorprenden tanto como enganchan con “Obvious bicycle“, donde la hermosa y elástica voz de Ezra se hace con el mando ante el exiguo acompañamiento instrumental: apenas algunas percusiones puntualizando los silencios y un hermoso piano que culmina la canción de una manera muy bella.

Vale, ya hemos dicho que “Ya Hey” es, oficialmente, el temazo del disco, pero permitid que apostemos desde mycrosurcos por “Step“. Una verdadera maravilla. Una locura. Un prodigio de reciclaje sonoro. Un alucinante plagio en toda regla, vamos, de un tema del cuarteto californiano de Hip Hop, Souls of Mischief, del año 1993 (aunque no se publicaría hasta 2003), “Step to my girl“, que a su vez sampleaba una línea de saxo del “Aubrey” de Grover Washington Jr. En este caso los Vampire a lo Procol Harum, envuelven la canción de un barroquismo y una progresión que recuerdan a la estructura del Canon en re mayor de Pachelbel, añadiendo unos coros muy Phil Spector, y dejando que la voz de Ezra cante las notas que dibujaba el saxo de Grover Washington Jr. 

Marcial y emocionante, como el augurio de una terrible catástrofe o, por el contrario, como el lamento después de la debacle, “Hudson” es una oscurísima canción que juega a despistar. Con una belleza apenas disimulada, como esa bruma que cubre la ciudad de Nueva York en la portada, las casas en ruinas y los relojes marcando el destino se suceden en “Hudson” entre crímenes, banderas y agnosticismo.

Se supone que deberíamos estar contentos de que a veces todo el desastre se quede en una mera canción pop de 4 minutos.

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