mycrosurcos

Prejuicios que no valen nada.

Los recelos iniciales que se curan con la calidad y la solidez que dan los años bien cumplidos y mejor llevados demuestra que no existen las manías irrefutables. A los primeros mitos asociados con la pubertad, hijos de las radio fórmulas y las05 45rpm estrellas como locutores, les perdimos el respeto cuando nos creímos (muy) importantes. Rodeados de descubrimientos exquisitos pensábamos que aquello nos hacía parecer más altos o peor, más interesantes. Empezábamos a probar la cerveza (que al principio no nos gustaba) con los padres del rock y el pop anglosajón de los 60, tomando coca colas a escondidas. Avergonzados, renegábamos del pop comercial o el heavy con el que habíamos crecido. Los cadáveres 3, 2 ó 1 se marchitaban en los trasteros o cambiaban de oídos en trueques o regalos que les hacíamos a nuestros hermanos pequeños, aunque en el fondo de nuestro corazón (de neón) hubiera un hueco todavía para aquella melodía por la que nos habíamos dejado contagiar en la soledad de nuestra habitación.

Pasaban los discos y los amores. La indefinición entre lo que nos tenía que gustar y lo que realmente nos gustaba se hacía indomable y, dejando a un lado las pasiones absolutas, abrazábamos tendencias e imposiciones especializadas.

Se nos pasó la ilusión y a pesar de dejar de consumir cultura compulsivamente construimos un hogar llenito de canciones, estilos y artistas que venían con nosotros en todas las mudanzas, en todas las rupturas. Aquellas cintas que una vez dejamos abandonadas resonaban impacientes en la banda sonora de los recuerdos y la imaginación. Canciones que permanecían aparentemente en el olvido volvían a nosotros gracias a los revivals generacionales vía youtube o en las búsquedas onanistas del spotify. Y lo bueno es que al redescubrir aquellos viejos fantasmas nos redescubríamos también a nosotros mismos.

El azar (fiel compañero de batallas) quiso que la otra tarde en un taxi escuchara un viejo (?) tema que, sin ninguna perspectiva, sonaba espléndido, atemporal y agradecido. Un tema que inevitablemente está asociado a las enseñanzas de esa maestra catódica de nuestra infancia llamada La Bola de Cristal. Con una producción muy elegante (de Nacho Cano y Rafael Abitbol), acorde con las influencias literarias de la letra, “Lobo-hombre en París” es una gran canción cuyas virtudes han dilapidado las propias cualidades del grupo que la creó (La Unión), superando incluso el lastre del contexto en que fue grabada: ameturismo de Movida Madrileña, ecos de suciedad, pop en español y horterada.

En aquel taxi aquella tarde me vi a mí mismo, y no es leyenda, escuchando a hurtadillas el vinilo de “Mil siluetas” de mi hermana mientras en las tertulias de listillos adolescentes de los 80, en torno al banco de un parque, omitía cualquier referencia a La Unión y su posible influencia en el pop hispano aunque, a fuer de ser sinceros, costara resistirse a diseccionar los encantos del vídeo-clip (dirigido por el pionero José Luis Lozano) que, por supuesto, previamente habíamos devorado en La Bola de Cristal o en cualquier otro programa de música de aquella época sin redes.

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