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BOB DYLAN “Tempest”: Jugador y chulo.

Bob Dylan "Tempest"

Calificación: * * * * 1/2

Año: 2012

Sello: Sony Music

Le puedes disparar por la espalda, insultarle, decirle, incluso, que su disco es el mejor que ha sacado en los último 20 años, que él, con el hábito del que vive en el país de los huraños, se sacudirá el polvo, levantará con el pulgar el ala ancha de su sombrero y te dirá que quién eres tú para opinar y, lo que es peor, para disparar con balas de fogueo. Le puedes recordar, con dinamita, que un productor no hubiera consentido ciertos disparates Dylan (“Tempest“, la canción, cuando menos es discutible), o que por encima de Dios no hay nadie, pero que no por eso hay que ser un déspota todo el rato. Le puedes amar y que se lo tome como un engaño. Puedes querer saberlo todo sobre él en los libros, dejándote engañar por el capricho de sus memorias, a sabiendas de que lo mejor ya estaba dicho en sus canciones. Puedes pregonar la dinámica de sus metáforas y la errática de sus decisiones (y no sólo religiosas). Pero lo que no puedes es obviar la sabiduría de este diablo que sabe más por Dylan que por diablo.

Lleva una racha de álbumes (desde el 97 con “Time out of mind“), para fastidio de sus archienemigos, que puede desatar un vendaval de clase alta o media pudiente, pues no andan los vientos como en los 60, pero vendaval al fin y al cabo. Parece haber encontrado la fórmula mágica de la canción perfecta Americana, como si le hubiera cogido el gusto a conducir con un equipaje llenito de referencias blues, swing y folk por una carretera, en medio de ninguna parte, sin sobrepasar unos los límites de velocidad que nunca existieron. Porque a pesar de ir en un descapotable sólo se quita el sombrero para enjugarse el sudorcillo de la frente cuando le entra el arrebato, en mitad de la gira, de irse al estudio de un colega y grabar canciones que nacen solas pero con muchos padres. Consciente inconsciente, a estas alturas, recurre a la piedra filosofal que transforma el blues de los horteras en blues de aguas pantanosas con versos sueltos de poetas del siglo XIX y alguna melodía ancestral dentro.

Sin excusas, la tradición de la música popular bebe precisamente de eso, de la tradición.

Por llegar el primero de los últimos, Dylan se ha puesto a promocionar sus discos como si no existiera el mundo de las descargas gratuitas. A la vez se dedica a repartir mamporros por ahí, ajustando cuentas a deshoras en entrevistas promocionales llenas de malas pulgas (que no parezca que el personaje pierde coraje), sacando discazos, por llevar la contraria, con exquisiteces impensables en un cancionero en el que ya parecía que no cabía ninguna maravilla más:

Bueno, es que “Tin Angel” no es de este planeta. No es una canción, lo parece, pero no lo es. Es un rezo, una plegaria. La devastadora e hipnótica crónica de los efectos que el amor provoca en los incautos (¿humanos?).

Tempest“, desde el inicio con “Duquesne whistle“, parece querer continuar la senda musical marcada por “Love and Theft” (2001), “Modern Times” (2006) y “Together through life” (2009) (incluso “Christmas in the heart” del 2009); pero después se va yendo por las ramas y se acerca más a la sequedad, con tendencia a la oscuridad, de su álbum de resurrección, el mencionado “Time out of mind

La banda (con sus últimos habituales más el Lobo David Hidalgo) es trotona e implacable: Apenas les deja el viejo Dylan un resquicio, alguna floritura para el violín, el piano y la guitarra en “Scarlet Town“. O en el añejo desenlace del impresionante single “Duquesne whistle” (igual Django Reinhardt apareció por el estudio para hacerse el solo de la intro, extendida, como para coger carrerilla en el andén, que el tren se marcha). Es bluesera e incondicional en la triste y rasposa “Narrow way“; y en la clásica, aunque demasiado previsible, “Early Roman Kings“. Celta y abrupta (al final) en “Long and wasted years” y arrabalera en la longitudinal “Tempest” (Curioso que Sabina, Serrat y Dylan hayan coincidido este año en temática para titular el álbum y una de las canciones).

Las baladas se esconden a la luz de la luna, como es el caso de “Soon after midnight“, donde el afán de trovador determina el tono. Por el contrario, en “Roll on John“, Dylan se llena de recuerdos y se pone nostálgico, escribiendo una sincera carta de afecto (a estas alturas) a un amigo que se fue demasiado pronto y que se apellidaba Lennon.

Como experto provocador, Dylan se enfunda los guantes y desafía a los que le llamaron ¡Judas!, convirtiéndose para la causa en un Rolling Stone, más Richards que Jagger, en la feroz “Pay in blood“. Su “Dímelo en la calle” al estilo Minnesota.

¿Para cuándo una portada Dylan como la del disco de Sabina?

 

* Regular, * * No está mal, * * * Bueno, * * * * Buenísimo, * * * * * Discazo

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