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Calificación: * * 1/2

Sello: Sony Music

Año: 2012

Si yo no fuera Sabina, hubiera hecho un disco a la par con Serrat. Y si no fuera Serrat, le hubiera dicho a Sabina que sí. Me explico: Si yo fuera Sabina&Serrat, jamás habría grabado “La orquesta del Titanic“.

Porque lo lógico es que saliera mal, rematadamente mal, como la singladura del Titanic. Aunque claro, según rezan todas las máximas sabineras, a la lógica la pueden dar mucho por saco.

El disco es un suicidio, como queda bien claro ya desde el título. Y si una tragedia anunciada como esta sólo puede ir acompañada de una crónica descacharrante de vivencias extremas, a estos dos pájaros, con la temeridad que se les presupone, no se les ha ocurrido mejor forma que disparar a matar pero errar el tiro, eligiendo casi siempre la peor coartada; con canciones sucias (las mejores), políticamente casi incorrectas, en la frontera del buen gusto y con una producción fría, sosa e irritante; sobre todo cuando Javier Limón se empeña en meter su toque (flamenquito/personal) en algunos temas.

Al grano, el disco resulta tan flojo en una primera pasada que estremece/enternece si bien, escuchando luego las canciones por separado, uno llega a la conclusión de que lo peor que nos podía haber pasado (y nos ha pasado) es habernos creado (creído) expectativas. Porque algunas canciones no están nada mal. De hecho, cuando estos dos truhanes nos pillan desprevenidos y por la espalda, como ocurre con la divertida, certera y buñuelesca “Dolent de mena“, dan ganas de embarcarse en el Titanic, si nos lo pidieran a punta de temazo. O cuando Serrat hace de las suyas y trata de llevar el amor fou de Joaquín a su arrecife musical en la chuleta “Cuenta conmigo“.

El  disco empieza razonablemente bien. La canción homónima, crónica en clave de swing de una caída sin auge ni consuelo, nos provoca esa sonrisa cómplice con los textos que esperábamos desde que nos sentamos en nuestra mejor butaca y le dimos al play. Incluso la verbenera “Idiotas, palizas y calientabraguetas“, que pone el punto sobre la i de Incorrección (la primera de unas cuántas), nos hace olvidar, con su fantástica intro, que en “Después de los despueses” habíamos blasfemado contra la reutilización de musas en el mercado de las canciones de autor (¿por qué, Sabina, por qué?).

Son los recovecos degradantes de la noche los que elevan el nivel general de la propuesta. “Quince o veinte copas” es una de las historias de amor más grotescas que jamás se hayan escrito. A fuerza de realismo químico, la canción parece uno de esos programas que se han puesto tan de moda, tipo mi cámara y yo, sólo que, en vez de con treintañeros pasados de rosca en alguna isla mediterránea, los protagonistas son esos mismos treintañeros, otros treinta y tantos años después, padres de familia, varados en cualquier isla de cemento con luces de neón y música de todo a cien.

A mitad de trayecto los capitanes deciden poner el piloto automático y el álbum echa anclas hasta que suenan los acordes de la mencionada, “Dolent de mena” y “Martínez“, en la que Sabina ajusta cuentas con el amor y la muerte. Una simbiosis que termina en matrimonio y noche de ronda. Al final, intentan enderezar el barco, para ser infieles a la leyenda, rascando un poquito de las esencias del rock and roll, del que no hubo apenas noticias en todo lo anterior, con “Maldito Blues“, que nos da una pequeña alegría a pesar del país Limón de la pulcritud.

En fin, que lo mejor que tienen las decepciones, al igual que los hundimientos, es que uno asimila tan rápido la situación que hasta le puede sacar partido y todo.

Qué difícil resulta a veces escribir sin que duela.

* Regular, * * No está mal, * * * Bueno, * * * * Buenísimo, * * * * * Discazo

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